miércoles, 29 de abril de 2020

Ayahuasca en casa

El 2015 fue el peor año de mi vida (hasta ahora, como diría Homero Simpson). Tuve tantos bajones en tan poco tiempo que lloraba como si hubiera visto un día entero La tumba de las luciérnagas y me despertaba a las tres de la mañana sin poder volver a dormir. Estuve así durante algunas semanas, hasta que decidí buscar ayuda.

Quizás lo más inteligente hubiera sido ir al psicólogo, pero yo no quería hablar con nadie: solo quería dormir. Así que, aprovechando que en ese entonces tenía seguro, saqué cita con una neuróloga. El día de la consulta le hice un breve resumen de lo que me estaba pasando y recuerdo haberle rogado sutilmente para que me diera algo que me noqueara por varias horas y me dejara dormir. Me recetó una pastilla de la que nunca había escuchado y salí de la consulta más tranquila.

Ese día, en la noche, me puse la pijama, partí la pastilla en dos y me dispuse a dormir. Lo que vino a continuación yo aún lo recuerdo como una anécdota divertida (porque, según yo, estuve consciente todo el tiempo), pero si le preguntan a mis hermanas o a mi madre les dirán que parecía que estaba en plena sesión casera de ayahuasca.

Básicamente recuerdo estas cinco cosas:

Recuerdo #1: por algún motivo, me senté en el borde de mi cama, a oscuras, a conversar con el oso de peluche que le había regalado el enamorado (ahora esposo) de mi hermana. No recuerdo qué me decía: solo sé que él me hablaba y yo le respondía mientras escuchaba de fondo la voz de una de mis hermanas que decía "ma, creo que algo le está pasando a Ale".

Recuerdo #2: en la pared al costado de mi cama tengo un cuadro lleno de fotos al estilo collage y todas, absolutamente todas las caras me saludaban y se movían de un lado para el otro, como si estuvieran en una danza alegre. No recuerdo emitir ningún sonido, pero algo debí haber dicho (o hecho) porque las voces de fondo se escuchaban cada vez más preocupadas, sobre todo la de mi mamá: "Ange, ¿puedes ver qué le pasa a Ale? Hoy fue al médico y creo que la pastilla que le recetaron le ha caído mal". En mi mente respondía (con las palabras arrastrándose considerablemente) "peeeroooo yoooooo eeeeeestooooy bieeeeeeen, ¿noooooo meeeeee veeeeeeeeen?".

Recuerdo #3: estuve tranquila todo el tiempo, sintiéndome como Alicia en el País de las Maravillas, fascinada con los objetos hablándome, hasta que mi papá se acercó con un vaso de agua y me abrazó. Por algún motivo, eso me desconcertó y mi lado consciente dijo "okey, si me está abrazando mi papá es porque algo me está pasando y no me estoy dando cuenta". Acto seguido, comencé a temblar y a llorar, asustada. "Todo se está moviendo, pa. Haz que dejen de moverse las cosas". "Ya, hijita, ahorita va a pasar. Toma un poco de agua y luego échate".

Recuerdo #4: tomé el agua, me eché, mi papá salió de mi cuarto y me giré hacia la izquierda, el lado de mi hermana, quien en el techo había pegado estrellas que brillaban en la oscuridad. En pocos segundos, las estrellas comenzaban a moverse formando diversas figuras, hasta que se abría un hueco en el techo y una mano aparecía invitándome a seguirla. "Pero...¿adónde voy a ir? Tú estás en el techo y en el techo no hay nada", le respondía (porque podré estar pastrula, pero inconsciente nunca...según mi versión, al menos).

Recuerdo #5: al decidir que no iba a seguir a esa mano, en algún momento cerré los ojos y mi cuerpo y mente se apagaron. Por nueve mágicas horas pude dormir sin interrupciones ni impulsos que me despertaran para llorar. Había conseguido lo que quería.

Al día siguiente, desperté para ir al trabajo, sin cruzarme con nadie de la casa. Ya en la oficina, tuve dos llamadas telefónicas. Primero llamé a la doctora a contarle lo sucedido, con una mezcla de miedo  y agradecimiento, y su respuesta fue de lo más brillante: "Ya, pero...¿dormiste como querías o no? En todo caso, hoy prueba tomando la mitad de la mitad" (ah, pues, entonces sí...).

Al poco rato llamó mi mamá y recuerdo que parte de la conversación fue algo así:

- Hija, ¿cómo te sientes?
- Bien, ¿por?
- Nos quedamos preocupados. No sabes cómo te pusiste ayer...
- Sí recuerdo, pero las pastillas me ayudaron porque por fin pude dormir de corrido.
- Las he botado y la receta también.
- ¡¿Qué?! Ma, dámelas, por favor. Tú sabes lo mal que la he pasado estos meses y esas pastillas han sido lo único que me han ayudado para dormir bien.

Supongo que mi madre se apiadó de mí (y de mis ojeras) y ese día, al llegar a casa, me devolvió las pastillas y la receta. Los días que seguí tomando la pastilla (que, en algún momento, se convirtió en mi mejor amiga) procuré acostarme apenas lo hacía, aunque hubo días en que me sentía lo suficientemente valiente (o aburrida) y dejaba que pasaran algunos minutos para ver qué ocurría.

(Un día, tomé la pastilla y me dirigí al baño de mis padres, que tiene la ducha justo al frente del wáter. Y mientras orinaba en la oscuridad, vi cómo le salían bracitos a los frascos de los champús y se peleaban entre ellos –era tan divertido imaginarlos como dos Tiranosaurios Rex forcejeando–. Luego de un jijí-jajajá y de un "ya estuvo buena esta pastrulada", me eché en mi cama y entré en coma a los pocos segundos).

Han pasado varios años desde aquel episodio y, aunque sigo durmiendo como el orto, tengo una cosa clara: ya no quiero ser Alicia ni estar en el País de las Maravillas.

                    


martes, 14 de abril de 2020

Bucle eterno

Todavía recuerdo que, el viernes antes de que todo comenzara, nos reunimos en casa de la Mamina como solemos hacerlo todos los viernes. En las noticias ya se hablaba de un virus que estaba afectando a muchas personas en Europa y que poco a poco estaba llegando a Perú, por lo que mis tíos anunciaron que ese día deberíamos saludarnos con los codos y no darle besos ni abrazos a la Mamina. 

Mi primera reacción fue "no sean tontos. Es solo un virus ridículo y no me va a impedir darle un beso a mi abuela". Pero de ridículo no tenía nada ese virus. 

Admito que nunca he sido de ver muchas noticias, por lo que los cambios y las restricciones que vinieron casi las sentí de la noche a la mañana.

En pocos días se cayeron los planes que tenía y me sentí lejos de todo y de todos, pero lo que más me chocó fue darme cuenta de que no iba poder ver a mi familia ni trabajar hasta nuevo aviso Lo primero me dio tristeza; lo segundo, cólera y tristeza.

Me costó tanto encontrar algo que de verdad me apasionara en el ámbito laboral que me puse engreída y me molesté con todos, sin que nadie tuviera la culpa. Pero respiré profundo, dejé eso de lado y vi lo que sucedía a mi alrededor.

Y me vi rodeada de testimonios de otros emprendedores (y luego de empresas grandes) anunciando el cierre de sus operaciones hasta nuevo aviso, del presidente apareciendo todos los días en televisión pidiendo a todos quedarnos en casa, de videos y fotos de gente tan egoísta haciendo absolutamente todo lo que el Estado pide -hasta ahora- no hacer (usar el carro, salir acompañado o salir para cojudeces como correr una vuelta a la manzana), de peticiones (y casi ruegos, totalmente comprensibles) de personal de salud para que la gente entienda, de una maldita vez, que tiene que quedarse en sus casas.

Ya son dos veces en que se ha aplazado la cuarentena y no sé si habrá una tercera. El encierro ya no me choca como antes, pero aún tengo días en que siento que me apago y no sé cómo prenderme de nuevo. Extraño trabajar, abrazar a la familia y reunirme con los amigos. Me frustra no tener la libertad de salir porque aún hay gente que todavía no la capta y me frustra estar en un bucle eterno donde todos los días parecen domingos.

Me frustra que a veces no tenga ánimos de hacer nada, pero poco a poco, gracias al consejo de alguien muy cercano y especial para mí, me permito estar así. Porque se vale no tener la sonrisa Colgate todo el tiempo y querer chorrear todo el día. Se vale porque sé que esto no será eterno y porque siento que le falta poco para acabar.

También siento que, como suelo pecar de ingenua, de lo malo debo rescatar lo bueno y darme cuenta de qué es lo que estoy aprendiendo en esta cuarentena: qué es lo importante y lo (im)prescindible y cómo yo, un ser humano común y corriente, puedo ayudar a cambiar un poco el mundo.

Porque tengo clarísimo que las cosas no volverán a ser como antes, pero sí sé que serán mejores (o eso quiero creer).

miércoles, 22 de enero de 2020

Un día de enero

Hay temas de los que casi siempre he evitado hablar o he preferido mantenerme al margen, como religión, política o mi cuerpo. Si lo he hecho, siempre ha sido en persona con alguien más, así que hoy será mi primera vez.

Nunca me han gustado mis piernas. En clases de Educación Física, por ejemplo, prefería ponerme buzo y morir de calor antes que mostrarlas. Si alguien me preguntaba, les decía que no había traído mi short o que no tenía tanto calor.

Si iba a la playa o a la piscina, era de esas personas que se envuelven en la toalla apenas salen del agua. "Para secarme más rápido", decía. Y si usaba faldas, tenían que ser las que cubrían hasta el tobillo porque "los diseños son más bonitos".

El problema era la calle, porque mi casa era mi lugar seguro. En verano podía estar con mi pijama de tiritas y short frente a mis papás y hermanas y no había ningún problema. Supongo que confiaba en que ellos no me dirían nada (y nunca lo hicieron, felizmente).

Pero la idea de mostrar mis piernas en el mundo exterior me aterraba. Siempre les encontraba algún defecto: que parecen de Gasparín de lo blancas que son (y broncearlas no era ni es una opción porque no me gusta estar bicolor), que son muy gruesas, que son muy fofas, que no tienen forma. ¿Quién va a querer verlas?

Hasta hace poco pensaba así. Desde hace unos meses voy a clases de baile en las tardes y el pantalón largo, mi buen amigo, me acompañaba. Claro que no había problema en invierno: lo jodido empezó en diciembre con los días cada vez más calurosos.

No importaba que me sofocara ni que se me bajara la presión. No importaba que gente mayor usara shorts sin ninguna preocupación. El problema era yo: pensaba que le haría daño a la gente si mostraba mis piernas, pero no me daba cuenta de que a la única persona a la que le hacía daño era a mí.

Eso pasó un día de enero y me dije que ya no quería ser más esa persona. Tengo shorts, ¿por qué no puedo usarlos? ¿A quién perjudico con mis piernas? ¿Por qué debo pensar en los demás antes que en mí? ¿Dónde queda mi comodidad?

Así que un bonito día de enero decidí ir a las clases en short por primera vez en mi vida y lo amé. Me sentí como solo me había sentido en mi casa hasta ese momento: libre y cómoda (y, como puntos bonus, los pasos me salieron mejor que nunca).

Y sí, ya sé que en la foto no es que muestre mis piernas por completo, pero estoy en un proceso. Poco a poco.