miércoles, 18 de diciembre de 2013

Un año en el cielo

Hace casi un año que mi abuela paterna se fue al cielo.

Los primeros días posteriores a su partida me costaba imaginármela o, mejor dicho, recordarla sana. 

El Alzheimer, realmente, la había agotado tanto física como emocionalmente. Ya no se le veía con su pelo marrón (aunque pintado), ya no caminaba, ya casi no hablaba (solo balbuceaba), ya no silbaba, ya no subía a saludarnos diciéndonos "chiquitas preciosas", ya no miraba hacia adelante o hacia arriba, ya no sonreía, ya no cantaba. Luego, al avanzar la enfermedad, ya casi no nos reconocía ni se reconocía a ella misma.

Eso era lo que yo veía en mi mente cada vez que pensaba en mi Mamita Leti: una señora muy delgada, con dificultades para comunicarse, hablándole a su hijo como si fuera su padre, preguntando cuándo llegaba su otro hijo de Alemania y en dónde estaba su hija fallecida.

Los días pasaron y, con ellos, los recuerdos feos. Ahora, casi un año después, sigo llorando por su partida, pero al menos la recuerdo como la vi los primeros 23 años de mi vida: con el pelo negro y luego marrón, con sus uñas rojizas, con su olor de bebé recién nacido, con sus piernas delgaditas, con su rica comida y su pastel de brócoli (el mejor que he probado en mi vida), con su falda veraniega, con sus pupiletras, con sus recuerdos de su niñez y su adolescencia, con sus gritos de sorpresa, con su casaca de mil colores, con sus viajes por el mundo, con sus hijos, con su familia.

Te extraño más que nunca.



                                          




miércoles, 4 de diciembre de 2013

Loco amor

Gaby y Vicente se conocieron hace no sé cuántos años, estuvieron juntos por tampoco-sé-cuántos años y fueron mis vecinos por no-sé-la-cantidad-de años.

Lo que sí sé es que estaban enamorados.

Y lo digo en pasado porque, lamentablemente, Gaby falleció hace tres años.

Aun cuando estaba viva no los veía mucho, pero los escuchaba seguido (al fin y al cabo, los padres de Gaby le habían regalado un timbre de voz tan desesperante que uno hasta podía escuchar cuando bostezaba o estornudaba).

Escuchaba que en las mañanas ambos gritaban “¡ya va a empezar la misa!” Acto seguido, abandonaban la casa tomados de la mano. En las tardes, a la hora del lonche, sacaban el juego de tazas para tomar el lonche en la terraza. Gaby sentada y Vicente regaba las plantas mientras ambos charlaban de sus días y de la vida. En las noches, nunca entenderé cómo, salían de su casa en San Borja y se iban caminando hasta el parque El Olivar en San Isidro. Y, antes de dormir, escuchaban Ritmo Romántica en la sala.

En el velorio, Vicente no se despegó nunca de Gaby. Al día siguiente, y los días que siguieron, tampoco. Al contrario, siguió la rutina de siempre: en las mañanas gritaba “¡ya va a empezar la misa!”, en las tardes regaba las plantas hablando en voz alta sobre su día, en las noches se dirigía a pie hasta El Olivar y, antes de dormir, escuchaba Ritmo Romántica.

Lo mismo hasta hoy.


Supongo que es cierto que el amor te vuelve literalmente loco. 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Dos

Desubicada Producciones presenta dos historias de…

Las bellas también son bestias.

I.                     
Era viernes por la noche cuando papá se detuvo en Vivanda de Pezet para comprar pan antes de ir a la casa de la Mamina.

Yo me sentía cansada, por lo que me quedé en el carro mientras mis papás me dejaron sola en el estacionamiento. A los pocos minutos, llegó un ficho carro gris, del cual se bajó un ente más ficho aun. Lo miré, me volteé y cerré los ojos hasta que escuché que el conductor había apretado el botón para poner los seguros, pero que el carro seguía prendido (o, al menos, sonaba como si lo estuviera).

Preocupada, me disponía a avisarle al conductor que había dejado su carro prendido cuando me di cuenta de que lo que sonaba no era el motor; era el ventilador. Sin embargo, pensar esta burrada no fue lo peor.

Lo peor fue que esto no pasó cuando era chibola. Esto pasó ayer, con mi brevete en la cartera.


II.                   
Esto sí pasó cuando era chibola.

Tenía unos 12 años y estaba en la cocina de mi casa tratando de abrir un empaque de Nesquik sin ayuda de la tijera (estaba lejos y tenía flojera de caminar 10 pasos). Descartado también el cuchillo (tenía miedo de cortarme), decidí optar por lo más básico, divertido y sano: abrir la bolsa golpeando el centro con ambas manos (hazaña que aprendí de la Mamina cuando coge la bolsa del pan VACÍA y nos asusta a todos).

El –obvio– resultado fue mi cara embarrada con Nesquik y mi familia burlándose de mí.


miércoles, 23 de octubre de 2013

Me enamora

Mi chico de barba (que en la foto no tiene barba) tiene casi un año haciéndome más que feliz.

Su personalidad me atrae, pero hay ciertas cosas que hace que me enamoran día a día.

Me enamora que se emocione cuando va a jugar Alianza y que se pague los estudios.

Me enamora que estemos viendo una serie, voltee a mirarme y me diga “así vas a ser tú”. 

Me enamora que siempre sea puntual y que en las luces rojas del semáforo me tome la mano.

Me enamora que me bese y me toque aun cuando tengo mal aliento y apeste a sobaco de loca. Que se asegure que estoy estudiando o haciendo trabajos en lugar de estar hueveando. Que cada vez que lo veo huela como a latin lover. Que tenga la piel más suave y el poto más bonito. Que me pregunte qué quiero comer hoy o que me diga “te invito a comer hoy”.

Me enamora que diga “antigüísimo” y que no hable (tan) bien el inglés. Que se apoye en mi hombro cuando estamos viendo televisión y que no se haga el loco diciéndome que no me está viendo las tetas y sí los ojos.

Me enamora que me deje el último pedazo de pizza y que pida comida para 4 cuando solo somos 2 para luego decirme “amor, somos unos cerdos”. Que me muerda el labio inferior. Que me bese la frente. Que no le interese si me depilo o no. Que me mire a los ojos fijamente y me diga "te extrañé".

Me enamora que cada vez que nos veamos comamos Batti Mix.

Me enamora que me haga reír.

Me enamora que me siga enamorando como el primer día que lo conocí.


 

martes, 24 de septiembre de 2013

Dude, where's my car?

Me dirigía al estacionamiento de la ratonera con tres amigos terminada mi clase a las 10 pm.

Mientras subía las escaleras, ya podía imaginarme llegando a mi casa, saludando a Sonic, comiendo las sobras del almuerzo y marmoteando en la cama.

Alcanzado el último escalón, me disponía a caminar rápidamente hacia mi carro para iniciar el plan, pero Morris no estaba (al menos en el sitio donde, según yo, debía estar).

Aunque sabía que no era posible (o sí, pero sería difícil), velozmente entré en pánico. ¡¿Dónde estaba mi carro?! “¿Segura que lo dejaste aquí?”, me preguntaban mis amigos. “¡Sí! Estoy segura de que lo dejé en el cuarto piso, al lado de la escalera. ¡Y ahora no está!”

Al ver mi cara de desesperación, los cuatro amigos nos dividimos los cinco pisos para buscar a mi hijo, no sin antes avisarle al señorito ubicado que me habían robado. Y cuando ya estaba completamente segura de que alguien se había ido con mi carro, me acerqué a un personal de seguridad. “Señor, dejé mi carro en el cuarto nivel y ahora no está”. El señor, entre desconfiado y sorprendido, llamó a su compañero por radio, quien se acercó a nosotros a los dos minutos. “Señorita, su carro está en el cuarto piso. Suba y ahí le van a explicar”.

“¡¿Explicar qué?! ¡¿Movieron mi carro o qué carajo?!” Acompañada de mi amigo, subí al cuarto piso y ahí estaba mi Morris, detrás de las escaleras, donde a ninguno de nosotros se nos había ocurrido ver.

 - Amor, ya encontré a Morris.
No jo… Acabo de llegar a la universidad. Vine saliendo de mi clase.
Lo siento L
Ya, no te preocupes. Lo bueno es que lo encontraste. Pero cómprate otros lentes, por favor. Tus amigos también.

Ellos necesitan lentes y yo –aparte de mejorar los míos–…yo necesito nacer de nuevo.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Las Chichis de Peralta

De pequeña me gustaba el entretenimiento y hacer algo para escuchar los futuros aplausos.

Me gustaba, por ejemplo, aprovechar los viernes de la Mamina para cantarle a la familia la última canción enseñada en el nido o en Kindergarten.

Pero también me gustaba bailar, aunque sé que no lo hacía bien (hasta ahora tampoco). Me fascinaba aprovechar un cumpleaños o almuerzo para bailar la canción del momento y personificar al artista.

Eso fue lo que hicimos (mi hermana, mi prima y yo) para el cumpleaños de mi padrino en el '99.

Elegimos una canción que nos encantaba en esa época: La Ciguapa de Chichi Peralta y mamá nos ayudó a armar pelucas parecidas a las de las bailarinas.

El día del cumpleaños, todo estaba listo para nuestra presentación (hasta un discurso, por insistencia de mamá), pero papá nos mencionó que no podíamos salir a bailar si un nombre artístico. Ante nuestra falta de creatividad, papá pensó –según él– en el nombre perfecto: Las Chichis de Peralta.

En ese momento me parecía chistoso el nombre, pero no lo entendía. Hoy lo entiendo perfectamente.


Gracias, papá.





miércoles, 4 de septiembre de 2013

Las bellas también son bestias

Hace dos sábados fui al teatro con el señorito ubicado. Milagrosamente, yo había llegado primero. Mientras lo esperaba en la cafetería excesivamente cara, me encontré con una amiga que conozco desde el colegio y su enamorado.

Ella había comprado un sánguche y lo había pedido para llevar, pero yo, porque no me había dado el cerebro, había pedido el mío para comer ahí, por lo que en ese momento me encontraba parada, conversando y con el plato en la mano.

Me acerqué para dejar el plato y un señor a mi izquierda, de unos casi 60 años, me miró fijamente y me dijo “Hola. Seguro no te acuerdas de mí”.

Cuando estoy nerviosa o traumada me imagino lo peor, debo decir. Por ejemplo, una vez subí al segundo piso de un edificio con el encargado de una empresa que ayudaba a bajar de peso. Como la marca no era conocida y no había gente alrededor,  sentí que al subir recibiría el mismo trato que una extranjera en la película Hostel. Esa vez, sentí que el señor era un pedófilo de Twitter con quien, en algún momento, había entablado una conversación y él lo había entendido como algo más. Sentí que estaba en peligro y que me iban a secuestrar.

Asustada, le regalé mi mejor cara de culo y me alejé de él.

Ya en compañía de mi amiga y de su flaco, les comenté sobre el señor pedófilo. Ella, sorprendida, me preguntó dónde estaba el señor. “Allá, al costado de la caja” le dije. “¿El señor de lentes y con boina?” “¡Sí, ese es el violador!” le contesté.

Marifé, muy seria, me dijo “Cavag, es mi papá”.


Y con esta anécdota doy la bienvenida a una nueva categoría en el blog: las bellas también son bestias. 

miércoles, 14 de agosto de 2013

Algunas cosas

Tengo una amiga que trabaja para una casa de ancianos.

La semana pasada, mientras conversaba de la vida con su anciana favorita, esta le contó la siguiente historia:

«Lo conocí en la universidad, a mitad de la carrera. Él venía de otra parte, por lo que aproveché su mirada perdida para acercarme. Cuando lo vi por primera vez, pero realmente lo vi, sentí un nudo en el estómago. Un nudo que me hacía sentir que nunca había sentido eso por alguien más. Un nudo que me decía “él es el hombre de tu vida”.

Sus rulos eran oscuros y perfectos y su piel era clara y suave. Como él no conocía a nadie, no tuvo problema en hablarme.

En las semanas siguientes, me dediqué a enseñarle los pabellones de la universidad, los tips para los profesores, los mejores rincones. Poco a poco nuestras conversaciones se fueron ampliando a la música preferida de cada uno, los grupos predilectos, los hobbies, las experiencias, los gustos, los planes, los sueños. Al terminar la universidad, éramos inseparables y yo no podía esperar para casarme con él.

Sin embargo, el tiempo hizo de las suyas y, por trabajo, nos separamos para luego encontrarnos 14 años después. Él estaba cambiado y casado, pero yo seguía soltera y perdidamente enamorada de él.

Lo volví a ver unos cuantos años después, cuando ya se había separado. “Esta es mi oportunidad”, pensé. Pero mi oportunidad no se dio nunca. Pasaron los años y la situación estuvo marcada por la distancia, como siempre, sin darme cuenta, lo había estado.

Ahora, 65 años después de haberlo conocido, sigo pensando que él es el amor de mi vida. Pero tú sabes, Ximenita: algunas cosas, simplemente, no están destinadas a estar juntas».

martes, 6 de agosto de 2013

Modas

El escenario era este: sábado en la noche, empijamada y metida en la cama. Acababa de terminar de ver American Psycho cuando entré a Youtube para buscar una canción del soundtrack. Y entre hueveada y hueveada, no sé cómo, pero terminé viendo videos de Axé Bahía y Exporto Brasil.

Me gustaría decir que solo vi un video de cada grupo y que luego me fui a dormir, pero mi mamá me enseñó que es malo mentir.

No solo terminé viendo los videos de todas las canciones que conocía de ellos, sino que terminé bailando sus más pegajosas y ridículas coreografías por casi tres horas. Terminado este trance, me tomé un momento para pensar en las modas que seguimos en algún momento y que ahora nos da vergüenza recordar (a menos que alguien lo haga primero).

Los integrantes de Axé Bahía cantaban hasta el perno y los de Exporto Brasil eran más descoordinados que abuela y nieta caminando, pero algo había en ellos que hacía que perdieras el roche de bailar como retrasado y mostraras tus habilidades en la pista de baile pero, ojo, siempre y cuando alguien más lo hiciera (porque tú no tenías ni tienes la iniciativa de comenzar a bailar sus canciones, pero si alguien más lo hace, ya qué chucha).

Nos amarrábamos la casaca a la cintura para evitar la molestia de llevarla en brazos, pero sin saber que se veía como si lleváramos un pañal manchado.

Las mujeres nos dejábamos mechones para que nos cubra la cara o nos poníamos ganchos de flores en el pelo porque creíamos que esto nos hacía ver más bonitas y lindas.

Hacíamos la señal de la paz en las fotos porque se veía chévere y porque queríamos que la gente pensara que deseábamos la paz mundial.

Veíamos las estupideces de reality shows de VH1 para rajar con los demás, pero veíamos estos programas en secreto porque de verdad nos gustaban (me pasó con Flavor Flave y I love New York, ídola).
Lo más valiente y peligroso que hacíamos era tocar los timbres de las casas de desconocidos e irnos corriendo. Y nos sentíamos todos unos delincuentes al hacerlo.

Usábamos overoles y nos convertíamos en la versión granjera de Chucky.

Con 5 soles nos sentíamos millonarios y dejábamos lo que estábamos haciendo para reventar las burbujas de plástico cuando llegaban a casa.

Esperábamos ansiosos la revista de Cable Mágico con su programación para ver qué día y a qué hora daban nuestro programa o película favoritos.


Y así seguirán pasando nuevas modas y nos seguiremos avergonzando de estas, de las personas que algún día nos gustaron o besamos, de la música que alguna vez escuchamos, de los programas que alguna vez vimos. Y de nuestra vida misma.

Con el tiempo

“Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma. Y uno aprende que el amor no significa acostarse. Y que una compañía no significa seguridad. 

Y uno empieza a aprender que los besos no son contratos y los regalos no son promesas, y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno del mañana es demasiado inseguro para planes y los futuros tienen su forma de caerse por la mitad. 

Y, después de un tiempo, uno aprende que, si es demasiado, hasta el calor del sol puede quemar, así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores. Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno es realmente fuerte, que uno realmente vale, y uno aprende y aprende. Y así cada día.

Con el tiempo aprendes que estar con alguien, porque te ofrece un buen futuro, significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado.

Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos sin pretender cambiarte puede brindarte toda la felicidad.

Con el tiempo te das cuenta de que, si estás con una persona sólo por acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla.

Con el tiempo aprendes que los verdaderos amigos son contados y que quien no lucha por ellos, tarde o temprano, se verá rodeado sólo de falsas amistades.

Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en momentos de ira siguen hiriendo durante toda la vida.

Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es atributo sólo de almas grandes.

Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, es muy probable que la amistad jamás sea igual.

Con el tiempo te das cuenta de que aun siendo feliz con tus amigos, lloras por aquellos que dejaste ir.

Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible.

Con el tiempo te das cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser humano, tarde o temprano, sufrirá multiplicadas las mismas humillaciones o desprecios.

Con el tiempo aprendes a construir todos tus caminos en el hoy, porque el sendero del mañana no existe.

Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas y forzarlas a que pasen ocasiona que al final no sean como esperabas.

Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante.

Con el tiempo verás que, aunque seas feliz con los que están a tu lado, añorarás a los que se marcharon.

Con el tiempo aprenderás a perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, pues ante una tumba ya no tiene sentido.

Pero, desafortunadamente, sólo con el tiempo”.

— 
Verónica Shoffstall

lunes, 1 de julio de 2013

A casa

Siento que te he visto más veces en estos meses que las que lo he hecho en todo el año.

El tiempo es corto o largo, dependiendo de tu estado de ánimo. A veces estás dormido y a veces estás despierto. A veces estás tranquilo y otras veces estás molesto.

Lo “bueno” es que tu estilo de vida no ha cambiado mucho; sin embargo, es bastante diferente. Ahora duermes con tubos en la nariz y pijama más delgada, comes a la hora que te indican, haces los ejercicios que te exigen, compartes el cuarto con otro hombre, preguntas más por la Mamina, ves a más enfermeras que a tus hijos y estás constantemente acompañado.

Cuando te veo pienso (o recuerdo) en lo frágil que es la vida y en cómo esta puede cambiar cuando menos te lo esperas.

Recuerdo que te visité un viernes en casa y estabas, aunque enfermo, adorable como siempre. El lunes empeoraste y, por precaución, te llevaron al hospital. El jueves te visité y tu situación había empeorado. Dormías todo el día y ya no podía escuchar tu risa. Abrías los ojos de rato en rato, pero las enfermeras dijeron que solo eran reflejos, que, en realidad, no estabas despierto.

Nos turnamos para visitarte, nos llamamos más para saber cómo estás, llevamos a la Mamina a la clínica para que, como siempre, te salude con un “hola, mi amor” y un beso en la frente.

En la casa se siente tu ausencia. Falta quien reniegue por su comida, quien vea televisión con el volumen al máximo, quien me pregunte siempre qué es lo que estoy estudiando o si he traído a “mi animalito”, quien cante por el pasillo cuando se está yendo a comer o a dormir y quien te haga filosofar de la vida sin que cuenta te des.

Hoy te hemos visitado y todo ha cambiado. Estabas completamente despierto y animado, pidiéndonos abrazos a cada rato.


































No sé cuánto tiempo más tenga que pasar, pero, cada vez que te veo, no puedo evitar pensar: “Abuelo, regresa a casa”.


domingo, 16 de junio de 2013

Paciencia

Precisamente hoy, Día del Padre, tenía que leer este mensaje de la página Brevete regalado (nada que ver con el texto, pero la atinaron).

Al leerlo recordé en cómo se fue mi abuela paterna y en cómo se han ido y se seguirán yendo más abuelos sin que nosotros, a veces, nos demos cuenta. Por eso lo que en el texto mencionan es esencial: paciencia.
 
Querido hijo: 
 
El día que me veas mayor y ya no sea igual que antes, ten paciencia. Cuando comiendo me ensucie o cuando me cueste vestirme, ten paciencia. Recuerda las horas que pasé enseñándotelo.

Si repito las mismas cosas, mil y una veces, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño, te expliqué mil y una veces el mismo cuento para dormirte.

No te molestes cuando me cueste bañarme. Recuerda las mil y una excusas que tenías cuando eras niño para no hacerlo.

Cuando en algún momento pierda el hilo de mi conversación, dame tiempo. Seguramente lo más importante no era lo que te decía, sino estar contigo y que me escucharas.

Si alguna vez no quiero comer, no me fuerces: conozco bien cuándo lo necesito y cuándo no.

Cuando mis piernas estén cansadas y no me dejen caminar, dame tu mano amiga. Como yo lo hice cuando tú dabas los primeros pasos.

Y cuando llegue a decirte que ya es hora de irme de esta vida, no te enfades. Algún día entenderás que esto no tiene nada que ver contigo, ni con tu amor ni con el mío. Simplemente que ya entregué todo lo que la vida esperaba de mí.

Algún día descubrirás que, pese a mis errores, siempre quise lo mejor para ti y que intenté preparar el camino que tú debías seguir.
 
No te sientas triste o enfadado o impotente por verme de esta manera. Simplemente acompáñame e intenta comprenderme, como yo lo hice cuando tú empezaste a vivir. Ahora te toca acompañarme en mi difícil caminar. 
 
Ayúdame a terminar este camino con amor y paciencia. Yo te pagaré con mi sonrisa y con el inmenso amor que siempre te he tenido.

Te amo, hijo
.

martes, 21 de mayo de 2013

La eterna dieta

No sé cuántas veces habré dicho en toda mi vida “el lunes empiezo dieta”, pero sí sé cuántas veces habré cumplido esto: no más de cinco.

¿Por qué a las mujeres se nos hará tan difícil seguir la dieta? ¿Por qué nos es tan complicado alejarnos de las cosas que nos encanta (pero que nos hacen daño) por aquellas cosas que sabemos son mejores para nosotras (mismo caso con algunos ex flacos)? Y, sobre todo (aunque esta es una pregunta aparte), ¡¿por qué coño para los hombres es tan fácil bajar de peso?!

Obviando el hecho de que somos masoquistas, que amamos caer en la tentación y que la comida es tan deliciosa que, como buenas humanas, nos encanta comer hasta sentirnos plenamente satisfechas, tenemos la motivación y las ganas de hacerlo (que queremos vernos mejor o bien en bikini, que por fin será nuestra primera vez con Panchito y no queremos vernos como Michelín, que queremos estar más ricas que nuestras amigas, que queremos ser activas cuando seamos abuelas, que somos muy jóvenes para cansarnos subiendo las escaleras o caminando tres cuadras, etc.), pero todo se desmorona por las cosas más pequeñas y adoptamos posturas como estas:
 
1)  “Este lunes empiezo dieta sí o sí”.
2) “Estoy a dieta, pero un chocolate no me hará daño”.
3) “A mí me encantan las repeticiones… Mejor 2 chocolates”.
4) “Mejor 6…” Y los escenarios terminan siendo algo como estos:
                                                                                                    


5) “Ya basta. Estoy a die---¡¡¡COMPRARON TORTA!!!”
6) “Ya fue. Mañana empiezo la dieta”.
7) Come(te)s el punto 2. Luego el 3. Luego todos los que siguen hasta llegar nuevamente al punto 1 porque, si el lunes empiezas dieta, ahora podrás tragar el resto de la semana sin que te remuerda la conciencia. Vivaza eres.

Entonces, viene la pregunta del millón: ¿por qué necesariamente tenemos que empezar la dieta un lunes? ¿Por qué no un martes, un jueves (porque en ambos días hay 2x1 en pizza) o un fin de semana? Quizás sea ese el motivo por el cual los lunes de dietas no funcionan. ¿Qué pasaría si nos llenáramos de valor (sí, porque eso es lo que se necesita: VALOR) y empezáramos la dieta un viernes o un sábado? Si lo decides y lo cumples, felicidades. Mis compatriotas y yo te regalaremos un chocolate. O dos.

Ahora, si me disculpan, iré a Bembos por un combo agrandado pero con gaseosa Zero, porque estoy a dieta.

jueves, 16 de mayo de 2013

Etapas de duelo


Según Elizabeth Kübler Ross (a quien conozco gracias a Grey’s Anatomy), existen 5 etapas de duelo:

1) Negación. La muerte ajena te toca, te choca, te mata (de alguna forma). Quizás lo esperabas o quizás no, pero mayormente caemos en el “¿por qué él/ella y no yo? No puede haberse ido. Ahora no…” Como si haciendo estas preguntas para encontrar las respuestas  fueras a superarlo más rápido. Y tienes la muerte frente a tus ojos, pero te rehúsas a verla. No, no y no.

2) Ira. Las preguntas o comentarios que vienen después van subiendo de tono y las lágrimas de dolor se convierten en lágrimas de cólera. “¡¿Por qué tuvo que pasarle esto?! ¡¿Por qué tuvo que irse así?! Aún nos falta pasar tantas cosas junt@s. Aún él/ella tiene tantos sueños que cumplir”. Acto seguido, piensas en por qué no pasaste más tiempo con esa persona, por qué la trataste de esa manera aquel día, etc.

3) Negociación. Si crees en un ser superior, hablas con él; si no, igual hablas y negocias con él, con ella, con alguien. “Por favor, no te l@ lleves aún. Me portaré bien, haré las cosas correctamente, arreglaré lo que necesito arreglar, dejaré de hacer lo que tanto le molesta a los demás. Tan solo déjame un tiempo más con él/ella”.

4) Depresión. Entiendes que esa persona se fue y no volverá. Comprendes que nunca más la podrás abrazar, besar, decir “te quiero”, contemplar, admirar. La extrañarás, pero de distinta manera y con más frecuencia. No quieres hacer nada ni ver a nadie; solo quieres llorar. Las grandes cosas te recuerdan a esa persona; las pequeñas, también. Pero después de unos días, semanas, meses, sientes que vas a mejorar. Tranquil@: pronto todo acabará.

5) Aceptación. Ha sido un largo proceso, pero ya ha llegado a su final. Poco a poco dejas de llorar y comienzas a reír de nuevo. Ves las fotos de aquella persona y una sonrisa se dibuja en tu rostro. Hablas de ella para extrañarla menos. La recuerdas con alegría.

Y cuando crees que lo has superado, todo vuelve a comenzar.

jueves, 2 de mayo de 2013

Enamorirse


Enamórate del flaco que quiera verte aun así estés en el segundo día de Andrés y que entienda cuándo debe dejarte sola por su propio bien.

Enamórate de la persona que te “deje” ver novelas/tus programas pinky o partidos de fútbol.

Enamórate de quien quiera verte incluso si eres un moco andante.

Enamórate de quien te impulse a hacer cosas nuevas, que te abrace sin que tengas que decirle que tienes frío, que te haga mear de risa y escribir seguido “jhaukghkqjgqeuj”.

Enamórate de quien te putea cuando necesitas que te puteen y de quien te apoya sin estar de acuerdo contigo.

Enamórate de quien te impulse a ser mejor persona contigo y con los demás.

Enamórate de la persona que te diga “te invito a comer” y de quien no te importe el olor a sobaco (pero el aliento no; tampoco seas asqueroso).

Enamórate de quien te haga llorar de la risa y felicidad y te dé los mejores orgasmos de tu vida.

Enamórate de quien tenga la piel como bebé y el poto durito como mejor no digo qué.

Enamórate de quien esté acostumbrado a bajar la tapa del wáter y no se tome fotos en el baño ni le tome fotos a su comida.

Enamórate de la persona que no use Crocs, odie las mismas cosas que tú y viceversa.


Manda todo al carajo y enamórate. Sólo enamórate.

martes, 23 de abril de 2013

Indirectas reloaded


Los tiempos cambian y, con ellos, las indirectas, sobre todo en la era de la tecnología.

Aquí algunos ejemplos:

  • Estar con el celular mientras hablas con alguien en persona = “Soy un(a) irrespetuos@ de porquería” y/o “no me importa un carajo lo que me estás hablando”
  • Check en chat de Facebook sin respuesta = “Te leí, pero más me interesa la mosca que pasa por mi cabeza”
  • “Leí tu post/tweet del 03/02/12 y me encantó” = “Te stalkeo porque te amo”
  • En Twitter = “Detesto a la chica de mi trabajo que se sienta a mi lado y se ríe como caballo”
  • “¡Hola! J” = “Te amo. Cásate conmigo. Tengamos miles de hijos y vivamos en una galaxia donde no llegue la música de los Wachiturros ni Justin Bieber”
  • “¡Hola, Pancracia! ¡A los años!” = “Te saludaré, te haré recordar que te conozco y luego te pediré un favor”
  • “Hola” = “No quisiera hablarte ni responderte, pero, como estoy aburrid@, lo haré”
  • “Hola…” = “¿Tú otra vez? ¿Ahora qué quieres?”
  • Jajajaja = “Me hiciste el día”
  • Jajaja = “Te ligó una. ¡Buena!”
  • Jaja = “Vamos; sigue. Sé que puedes hacerlo mejor”.
  • Ja = “Por favor, mátate”.
  • El nombre de tu wifi = “Deja de robarte mi red”, “¡paga tu internet”, “tu flaca está aquí mientras tú me robas el wifi”
  • Audífonos puestos = “Estoy en mi burbuja; no me jodas por nada del mundo. Si me los quito, más vale que lo que me vayas a decir sea bueno”.
Ciertamente, decir las cosas en la cara siempre será lo "más adecuado", pero hasta que no nos libremos del síndrome del Chico del Pórtico, no veo por qué estos medios no pueden ser usados. 

martes, 16 de abril de 2013

Verborrea*



Desde hace algunos años, no sé exactamente cuándo, sufro de algo que me gusta llamar “diarrea verbal”.

Este fenómeno hace que diga/haga cosas en los momentos más inesperados, en los lugares menos esperados o a las personas menos adecuadas y sin pensar en las posibles consecuencias, como decirle a un compañero de trabajo (que estaba a punto de usar mi computadora) “¡cuidado con el porno!” en horario laboral y en un volumen de voz para nada desapercibido. O también decirle a mi mamá “gracias por no abortarme” el día de mi cumpleaños o decirle al flaco de mi mejor amiga que parara el carro porque quería mear.

Así como los pedos salen porque ya no los puedes aguantar (o porque, simplemente, no quieres hacerlo), hay cosas que me son muy difíciles de callar, como ustedes comprenderán (y las rimas que me hacen sonar más cojudita de lo normal). No es que quiera malograr el momento con lo que quiero decir o hacer: simplemente es algo que me nace y que no me deja ser si no lo saco de mi ursulino ser (no puedo parar. Lo siento).

Con él no hubo excepción.

Llevábamos poco tiempo, pero lo suficiente para sentir el deseo de decirle lo que sentía. Sin embargo, ese momento no era el correcto. Habíamos pasado un día increíble, lleno de “jijijí-jajajá” y besos por aquí y por allá. Pero como dicen que la felicidad no es eterna, sin darnos cuenta todo se estaba yendo al tacho por una completa sonsera (ahorita recuerdo y me percato que fue sonsera. Obviamente, en ese momento, sentía que la discusión era justa y necesaria). Cansada de la discusión, quería decirle que no valía la pena hablar sobre eso, que era un histérico, que yo estaba cansada, que éramos unos inmaduros, que no estaba para cosas así, que lo mejor era dejarlo como estaba e irnos a dormir.

Lo que salió de mi boca, por el contrario, fue algo completamente diferente.

Así fue la primera vez que le dije “te amo”.




*Gracias, Alexander Altamirano (@sonidodoppler), por el aporte con el título del post

lunes, 25 de marzo de 2013

Te extraño

Se suponía que sería un día normal.

Como todos los días, mis papás, hermana mayor y yo nos despertamos, bañamos, cambiamos, tomamos desayuno y cada uno hizo lo suyo: papá se fue al trabajo, mamá regresó a la cama a ver televisión, mi hermana mayor se fue a la oficina y yo me quedé en casa haciendo tiempo para ir a chambear.

Supusimos que mi abuela también había seguido su rutina mañanera, pero la realidad era que la Mamita Leti, durante su siesta, no volvería a despertar nunca más.

Ya han pasado casi dos meses y la sigo extrañando como si fuera la primera vez.

Extraño cuando subía las escaleras silbando y diciéndonos “chiquitas pechochas”. Extraño cuando cantaba todas las canciones con un “lalala”. Extraño cuando decía que no podía comer cierta cosa porque el doctor se lo había prohibido y luego decía “bueno, a penitas”. Extraño sus diferentes tintes y cortes de cabello. Extraño sus joyas, su piel, sus arrugas, su amor, su ternura. Extraño su delicioso pastel de brócoli y sus ravioles comprados. Extraño sus periódicos chichas. Extraño sus intentos de adivinar el mensaje escondido de La ruleta de la suerte. Extraño el ruido de su dentadura al masticar. Extraño su ropa clásica. Extraño sus historias sobre el Nono y la tía Lita. Extraño su reacción cuando llegaba mi tío de Alemania. Extraño sus chismes de familia. Extraño su locura y su rareza. Extraño todo de ella.

La extraño y no la extraño al mismo tiempo, porque me la imagino feliz y tranquila, sentada en una nube muy blanca, jugando al Bingo con el Nono, la tía Lita, su hermano y demás familiares, esperándonos a todos en nuestro momento, nuestro debido momento.

No sé si alguna vez se lo dije, pero se lo diré ahora y se lo diré por siempre: te quiero infinitamente y te extrañaré eternamente, Mamita Leti.





viernes, 1 de marzo de 2013

Imagino

De vez en cuando, sobre todo en las madrugadas pelotudas, me imagino cómo seré en el futuro, especialmente cuando sea una pasa andante.

Me imagino viendo fotos de los conciertos y fiestas a las que fui.
Me imagino escuchando o tarareando las canciones que estaban de moda en mi época.
Me imagino inmortalizando a las personas que marcaron mi vida y que ahora ya no están.
Me imagino no entendiendo a los jóvenes y su nueva jerga.
Me imagino haciendo memoria al proceso de búsqueda de mi identidad personal.
Me imagino el miedo que tuve cuando estaba a punto de acabar el colegio.
Me imagino con mis amigas del colegio yendo a tomar té con galletas.
Me imagino sintiendo mis manos llenas de arrugas.
Me imagino tocando mi cara de pasa y recordando las burlas por el acné.
Me imagino descifrando qué carrera iba a estudiar.
Me imagino recordando las parejas que tuve y las veces en que sentí el corazón roto.
Me imagino desconociendo las nuevas tecnologías.
Me imagino yendo al Bingo y ganar sonsera y media.
Me imagino cagándola una y otra vez.
Me imagino las peleas que tuve con mis papás por mi supuesta rebeldía.
Me imagino las amanecidas que tuve, los jalados que recibí, las puteadas mentales que lancé a los profesores y a la universidad.
Me imagino la época en la que no necesitaba ayuda para moverme.
Me imagino viendo mi piel y recordarla bronceada por las veces en que fui a la playa a pesar de detestarla.
Me imagino el día en que descubrí la masturbación, la menstruación, las drogas, el sexo (y el Rock&Roll).
Me imagino viendo mi diploma de graduada y recordando lo mucho que me costó conseguirlo.
Me imagino peinando mi pelo antes castaño oscuro y ahora canoso.
Me imagino recordando mis cicatrices por las estupideces que cometí.
Me imagino cuando recién estaba descubriendo el mundo.

Me imagino viendo al flaco (posiblemente gordo en un futuro) y decirle “¿viste que la adolescencia es una de las mejores épocas de nuestras vidas?”

martes, 19 de febrero de 2013

Costumbres


Ya sea consciente o inconscientemente, hay ciertas cosas que hacemos porque forman parte de una especie de rutina.

Como poner el despertador a una hora determinada, apagarlo cuando suena, despertarte media hora después y putearte porque llegarás tarde. O echarle el ojo a la “fruta prohibida”: a tu amor platónico, al ex de tu amiga, a la hermana o mamá de tu pata, a tu profesora. O drogarte con la gasolina cuando estás en el grifo, con el Liquid Paper cuando la cagaste en el papel y con el pasillo de barniz y cera de Metro.

No olvidar mirarte en el espejo o pensar que tienes un moco pegado en la cara cuando notas que alguien no deja de mirarte, escuchar canciones corta-venas cuando más deprimido(a) estás, quitarte los pellejos del labio y, acto seguido, tomar jugo de naranja, empujar cuando dice “jale”, preguntar “¿qué?” cuando has escuchado perfectamente bien, llegar a la cocina y olvidar lo que ibas a hacer (pero lo solucionas porque comes lo primero que encuentras), decir mil y una vez “el lunes empiezo dieta”, “este ciclo voy a estudiar a conciencia” y el infaltable “hoy sí duermo temprano”.

Cantar o ver porno como si nadie estuviera en casa (y alguien está en el cuarto del costado), que tu estómago ruja del hambre desde las 11 de la mañana, regresar con quien te hace mierda, preguntarte qué será con tu vida cuando terminas de leer un libro, cabecear en clase porque ayer te quedaste despierto(a) hasta tarde viendo películas estudiando, sacar pica cuando lograste lo que querías y picarte cuando no lo hiciste, entrar y salir caletaza del telo por pensar que, mágicamente, pasará un conocido por ahí justo en ese momento, decir que nada pasa cuando pasa todo, ponerte exquisito(a) cuando alguien quiere entrar en tu vida y luego quejarte de que estás más solo(a) que la primera rebanada del pan de molde, que sueltes un eructo o te tires un pedo cuando todos los demás están en silencio, presionar infinitas veces el botón del ascensor como si este fuera a llegar más rápido, querer algo o a alguien cuando ya no lo puedes tener, poner los ojitos del Gato con Botas para conseguir de los demás lo que quieres, valorar lo que tuviste cuando ya se ha ido de tu lado, acomodarte el calzón o los huevos en la calle, decir que llegas en 5 minutos cuando ni siquiera te has bañado o bailar como si nadie te estuviera mirando.

Que se pierda la virginidad, las llaves o el celular, pero que nunca, nunca se pierdan estas hermosas costumbres.

domingo, 27 de enero de 2013

Que viva esta frágil vida


Si retrocedemos el tiempo y nos detenemos a cuando éramos solo unos niños, nos daremos cuenta de que nuestros padres, abuelos o quien(es) hayan estado a nuestro cargo eran como nuestros sensei.

Nos enseñaron a gatear, a caminar y a pasar de “caca, pichi, poto” a hablar con propiedad. Nos enseñaron a levantarnos después de caernos, a usar el wáter, a enjuagarnos las manos antes de comer, a lavarnos los dientes después de tragar, a respetar siempre a nuestros mayores, a usar sin malograr los aparatos tecnológicos de ese entonces, a no hablar con extraños, a mirar por ambos lados antes de cruzar la pista, a agradecer por lo que nos han dado y seguirán dando.

Pero creces y, conforme van pasando los años, los papeles se van invirtiendo.

Aquella persona que te daba tanto amor ahora no te conoce o se encuentra incapaz de dártelo. Ahora tú tienes que mencionarle quién eres y a ayudarle a pararse porque el cuerpo y los años le pesan. Le recuerdas que es importante que se lave los dientes, enjuague las manos y mire hacia ambos lados antes de cruzar la pista. L@ acompañas a sus citas médicas porque él/ella ya no puede ir sol@. Le enseñas cómo manejar la tecnología del momento y quién o quiénes son los grupos de moda. 

Y como quien no quiere la cosa, o sin que te des cuenta, l@ ayudas a que se vaya a dormir mejor.

Que viva esta frágil vida.

martes, 8 de enero de 2013

Mamina y Paparmando

 
Se conocieron cuando ella tenía 14 y él 20 años, pero no estuvieron juntos hasta que ella tenía 18 y él 24. Él ya había tenido varias parejas, pero sabía que la quería a ella. Ella no había tenido ninguna pareja, pero sabía que él era su vida entera.

A lo largo de mis 22 años, he visto a la Mamina y al Paparmando en diferentes escenarios: al segundo regalándole un peluche a su amada por el Día de los enamorados, a la primera llevándole a su gran amor el desayuno a la cama, al segundo hablando maravillas de la primera y a la primera contemplando al segundo.
Pero hay un escenario que aún recuerdo a la perfección hasta el día de hoy.

Yo parada en la esquina, viéndolos a ellos. Ellos caminando de espaldas hacia mí. La Mamina a la izquierda y el Paparmando a la derecha. Ella con su falda de flores y su polo amarillo y él con su pantalón crema y su camisa celeste. Están tomados de la mano y dirigiéndose a la iglesia. Y antes de llegar a la puerta, palomas blancas vuelan cerca a ellos.

Si no me equivoco, esa fue la primera vez que vi el amor.

Casi 60 años y 6 hijos después, la Mamina y el Paparmando siguen juntos, pero muchas cosas han cambiado.

Viven en la misma casa, pero la Mamina duerme sola porque el Paparmando casi no sale de su –ahora– cuarto ni se levanta de su cama debido a una operación en la rodilla y a su edad avanzada.

Ya no escucho palabras bonitas ni presencio acciones tiernas. Ahora escucho quejas y exigencias.

Sé que 60 años es una eternidad juntos, pero también sé que, en algún momento de sus vidas (y por muchos años) fueron felices. Creo que ese es el recuerdo con el que decido quedarme yo.