miércoles, 28 de marzo de 2012

A los doce


Lo recuerdo como si hubiera sido ayer.

Estaba en sexto de primaria, cuando aún era relativamente activa para las actividades físicas. La clase de deporte se llevaba a cabo en el jardín de atletismo, en donde Patty nos hacía dar dos vueltas antes de entrenar. Nunca me ha gustado correr, pero lo disfrutaba en esas épocas porque era la ocasión perfecta para ponerme al día con mis flacas y cagarme de risa con ellas.

Ocurrió a los pocos minutos de iniciada la marcha. Pierina hablaba sobre “el último grito de la moda” y yo, para que Patty dejara de regañarme y decirme “floja del demonio”, trotaba semi rápido, al mismo tiempo que intentaba escuchar a Pieri. Pero algo ocurrió al poco tiempo.

Algo en mi interior, algo que no había sentido antes. ¿Qué mierda es esto? ¿Es un infarto? ¡¿Me voy a morir?! Pero, sin esperarlo, dejé de detestar el tener que hacer ejercicio y comencé a disfrutarlo más. Y más. Mucho más.

Segundos después, el placer que sentía era tan grande que me obligaba a separarme de mis flacas y me impulsaba a tirarme en el pasto y olvidarme de la presencia de mis otras veinti-tantas compañeras de salón (más Patty, que acechaba como buitre). Como no podía hacerlo, lo único que me quedaba era aumentar la velocidad y alejarme de todas para, al menos, poder gemir en paz. Y lo hice.

Al poco rato (no duró ni un minuto), todo había acabado y yo me sentía como la niña más feliz del mundo.

Sí, señores: a mis 12 años, en clase de Educación Física en el colegio y rodeada de todas mis compañeras, acababa de tener mi primer orgasmo.

lunes, 26 de marzo de 2012

Terror


Estás sol@ en tu casa, haciendo lo tuyo o descansando en tu cama (y soñando con Ryan Gosling o Milla Jovovich, mis dos amores platónicos de toda la vida) cuando algo interrumpe tu tranquilidad: un ruido. No lo suficientemente fuerte como para salir disparad@ desde donde estás, pero sí como para dejar lo que estás haciendo. En ese momento, piensas en una sola palabra: “ladrones”.

Entras en pánico, te pones en modo Gasparín y te quedas estátic@, esperando con atención qué pasará a continuación. Y es aquí en donde tu mente comienza a funcionar a mil por hora.

No se escucha ni mierda… ¿Y si ya mataron a toda mi familia? ¡Yo soy el/la siguiente! ¡No quiero morir, por favor! ¡Me faltan tantas cosas por hacer! ¡Aún debo salvar a todos los niños de África, decirle de una buena vez a mi ex que con mi mano la paso mejor, ir a un crucero por el Caribe, robar un banco, confesarle que me muero por él/ella desde hace años, incendiar la universidad, mandar al carajo a mi jefe y decirle en su cara que es una perra por meterse con todos mis amigos! ¡¿Qué hago?! Al carajo todo… Seré valiente de una puta vez y enfrentaré sin ningún probl-- ¡¡¡OTRO RUIDO; YA VIENEN POR MÍ!!! Contrólate, maldita sea. Levántate y afronta lo que hay afuera…

De modo que te levantas, escoges tu súper y poderosa arma (o sea, lo primero que encuentras, ya sea tu frasco de shampoo o una regla), te armas de valor y sales a desafiar lo que te espera al otro lado.

Ágil como una gacela, rápid@ como un(a) ninja e intrépid@ a más no poder (según tú, porque la verdad es que estás a punto de mearte encima por el miedo), recorres toda tu casa en busca de aquel ruido que te perturbó en un inicio. Y cuando menos te lo esperas, te das cuenta de que el causante del ruido está ahí, a tan solo unos centímetros de donde tú estás.

Alzas el brazo, te preparas para pelear como macho y, en el peor de los casos, morir como un(a) héroe cuando te das cuenta de que el causante de todo el papelón que estás haciendo (aceptémoslo) es nada más y nada menos que tu gato o el viento.

Indignad@ y, a la vez, aliviad@, mandas al carajo tu imaginaria aventura y regresas a lo que estabas haciendo.

Increíble todo lo que imaginamos al escuchar un ruido, ¿no?

martes, 13 de marzo de 2012

El colegio


2012 es el año en el que cumplo 5 años de haber salido del colegio. 5 años que, dicho sea de paso, se han pasado volando. 5 años que, a pesar de mi corta edad –21–, me hacen sentir desde ya como anciana.

Qué fácil era la vida en el colegio, ¿no?

No se nos hacía (tan) difícil despertarnos a las 6:30 de la madrugada, no teníamos que preocuparnos por cómo vestirnos al día siguiente para ir a clases gracias al dichoso uniforme (pero sí era una joda enorme estar uniformados y tener que estar parados en el patio por la formación en pleno verano), todos tus problemas los dejabas atrás al entrar al salón porque ahí estaban los amigos de toda la vida, el recreo era lo mejor del día –a pesar de su corta duración– para tragar cochinadas y ponernos al tanto (conforme iban pasando los años) sobre los juguetes y juegos de moda, qué hizo quién en el verano, a quién le gustaba quién, con cuántas se había acostado o a cuántas había besado tal compañero o qué alumna sería la próxima en perder su virginidad.

La mejor forma de matar el aburrimiento en una clase era poniéndonos a garabatear las carpetas o el cuaderno de la persona de al lado (y podíamos caletear esto porque metíamos el cuaderno en la carpeta. Sí: éramos vivazos), para las exposiciones usábamos cartulinas/colores/plastilinas/ témperas/láminas, no importa que nos hayamos olvidado nuestro refrigerio: siempre había alguien que nos invitaba su comida o la señora del kiosko nos fiaba (y nos volvía a fiar una y otra vez), las clases de Educación Física eran la oportunidad perfecta para sacar nuestro niño interior (o la morsa que llevamos dentro), si faltábamos al colegio, teníamos la seguridad de que al menos una persona nos podía prestar su cuaderno para copiar los apuntes, arreglábamos los problemas con un simple Yan-Kem-Po y tomábamos las decisiones con un De Tín, Marín.

Durante varios y largos años, no teníamos que preocuparnos a qué universidad queríamos ir o qué queríamos ser por el resto de nuestras vidas.

La verdad es que, durante varios, largos y preciados años, éramos felices.

Y qué bueno saber que ahora somos más felices aun.

viernes, 2 de marzo de 2012

Leyes de Murphy


Existen situaciones tan alucinantes que hacen que te preguntes –como dice la letra de la mejor canción de este planeta, Bohemian Rhapsody de Queen– si son parte de la vida real o son sólo fantasías.

Aquí algunos ejemplos:

- Típico que tienes varios días o semanas para entregar un trabajo, pero como tú eres vag@ como yo (mejor dicho, te gusta la adrenalina como a mí), el 99.99% de las veces empiezas a hacer dicho trabajo a las 10 de la noche del día anterior (y debes entregar el trabajo a primera hora de la mañana). Lees las indicaciones, entiendes exactamente lo que tienes que hacer, preguntas a tus conocidos, consultas hartas páginas, le metes el rico copy-paste y el floro que sólo tú sabes meter –qué fuerte– y listo. Terminado el trabajo, le das click a la equis que aparece en la esquina superior, lees la pequeña pestaña que aparece y en donde se te pregunta si deseas guardar los cambios en tu documento y tú, sin saber cómo ni por qué, le das click a “no”. Cuando te percatas de la situación, te quedas sin poder mover ni un músculo de tu cuerpo porque te preguntas cómo has podido ser tan cojud@ al no guardar tu trabajo y observas fijamente la pantalla como diciendo “¡regresa, por favor!”.
No, no regresará, flac@. Así que, caballero nomás, lo único que te queda es volver al inicio, hacer memoria de cada cosa que copiaste/floreaste y esperar, con todos los dedos cruzados, que el texto quede tan paja como el primero. Obviamente, no lo será.

- Todos saben que, para conquistar a un(a) chic@, llevas a cabo estrategias de conquista, como, por ejemplo, interesarte por las cosas que a él/ella le gustan, escuchar la música que él/ella escucha y hacerte amig@ de los individuos más cercanos a su círculo social. Todo funciona a la perfección hasta que, cuando por fin te has armado de valor para decirle a esa persona cómo te sientes, él/ella te confiesa que le gusta alguien más, quien, odiosamente, es la persona con la que mejor amistad has entablado.
Desde ya te lo digo: la has cagado. Pero lo bueno es que tienes dos opciones principalmente: 1) aceptar tu derrota y olvidarte de esta persona o 2) dejar tus sentimientos de lado y seguir siendo amig@ de él/ella y de su casi-casi. Ya todos sabemos la respuesta, ¿no? Claro que sí: como te gusta sufrir, eliges la segunda opción. Al/la otr@ le aconsejas cómo debe comportarse y a él/ella le recomiendas qué táctica debe seguir para declararse al fin. Y lo haces una y otra vez, cada vez que él o ella te pide consejos. En este caso, o puedes ser demasiado buena gente o demasiado cojud@. Lo cierto es que, al fin y al cabo, tú eres el/la chic@ triste que l@ hace sonreír. Nada más.

- Un atraso menstrual, ya sea causado por sexo o por otros factores, siempre tendrá la máxima potencia de alteración, nervios, estrés y pánico para las mujeres en especial. Si previamente tuviste sexo, sabes que, probablemente, la has cagado (te hayas protegido o no) y que en tan sólo un par de meses ya tendrás que ir pensando en el nombre del critter y en cómo carajo vas a cuidarlo. Si no has tenido sexo (no, no vas a ser la Virgen María contemporánea), puede deberse, entre otras cosas, al cambio de clima, estrés o mala alimentación. Y como no sabes cuántos días más demorará en venir la regla, te pones una toalla higiénica diaria por si acaso. A la segunda semana, cuando ya te has hartado de usar toalla por las huevas, te pones en modo ingenua y te dices a ti misma “si no ha venido en una semana, ¿por qué tendría que venir hoy?”
Y justo hoy, cuando decidiste ponerte esa falda semi-transparente o, peor aún, ese pantalón blanco que tanto te gusta, la maldita regla te coge de lo más desprevenida: en la calle, rodeada de tu amor platónico o de tus amigos y sin nada a la mano con lo que puedas cubrirte. No digas luego que no te avisé.

- Es verano, por lo que antes de su llegada desempolvaste tus viejos trapos y ahora tu clóset está lleno de sandalias, faldas, leggins, BVDs, polos cortos y bermudas. Como toda la semana ha hecho un calor de los demonios (ese mismo que te hace querer arrancarte la ropa para dejar de sudar como cerd@, donde sea que estés), esta mañana te despiertas decidid@ a ponerte esa falda o ese bermuda/BVD que te compraste el fin de semana y la/el cual adoras. Te bañas, te cambias, te arreglas, te miras al espejo satisfech@ con tu imagen, sales a la calle y lo primero en que te fijas es que no sólo no ha salido el sol, sino que hay tanta neblina que ya se te comienzan a erizar todos los pelos de tu cuerpo. Justo en el día en que no regresarás a tu casa hasta las diez de la noche y justo en el día en que te toca estar al aire libre. Y tú creías que el sol no es troll.

- Cuando haces cola, sea en una entidad financiera/caja del supermercado o algo por el estilo, (casi) siempre te parecerá que la otra cola va más rápido que la tuya, así que, bien inteligente tú, te pasas a la otra cola y observas que, curiosamente, la cola en donde estabas segundos antes comienza a avanzar. Pensando que eres la persona más viva y hábil del mundo, regresas a tu fila esperando a que el "beneficio del avance rápido" continúe para que puedas hacer lo que viniste a hacer y retirarte al fin a tu sacrosanto hogar.
Pero no podrías estar más equivocad@, ya que tu fila se detiene tal como al inicio y la otra fila vuelve a avanzar. Haces lo mismo de antes y te vuelves a pasar a la otra fila, sólo para que tengas una suerte de perros y que la persona que está atendiendo en ese momento tenga "una llamada en la línea 5" (anunciada por la tipa con voz arrecha en el altavoz), por lo cual DE NUEVO te pasas a la otra fila (junto a todo un grupo de personas) para que pases no sólo a una fila llena, sino que, en realidad, son dos filas en una. El otro cajero regresa, las filas avanzan y cuando ya es tu turno, ¡oh, sorpresa!, es la hora del lunch, por lo que los cajeros se largan poco más y riéndose en tu cara.

- Murphy nos advierte sobre nuestra relación con los transportes públicos y nosotros seguimos sin tomar las medidas respectivas. Digamos que tienes una importante reunión de trabajo y es crucial que llegues a tiempo (y mejor si llegas antes de la hora pactada). Te arreglas cuidadosamente y repasas mentalmente lo que tienes que decir y cómo lo vas a decir para convencer a tus posibles clientes. Cuando ya estás list@, sales de tu casa y te diriges al paradero más cercano. Levantas un brazo, la combi se detiene y tú, cuando estás a punto de subirte, te das cuenta de que te has olvidado tus archivos en casa. Te puteas a ti mism@, giras y regresas a tu casa corriendo como gacela (porque aquí comienza a darte pánico la posibilidad de llegar tarde a tu destino). Sacas tu llave y tratas de meterla en la cerradura, pero la perra no quiere entrar porque pareciera que, mágicamente, hubiera cambiado de forma. Cuando, por fin, abres la puerta, miras a tu alrededor y te das cuenta de que dejaste esos archivos en el primer objeto que ves al entrar a tu casa: tu sillón favorito. Corres, los coges y vuelves a correr con dirección al paradero y con la idea de que ahora sí podrás ir a tu destino. Pero lo peor está a punto de ocurrir.
A diferencia de la primera vez que estuviste ahí, la combi que te lleva ya no pasa cada cinco minutos: ahora pasa cada veinte y con tantos pasajeros que con uno más podrías ver cabezas saliendo de las ventanas. Descartadas las combis, alzas el brazo para parar un taxi. El primero no te hace caso, el segundo no va hasta allá y el tercero, porque ese día se levantó con el pie izquierdo, quiere cobrarte casi el doble de lo que normalmente te cobran hasta allá. Reniegas pero, como sabes que es tu única opción, entras al taxi y te quedas calladit@ hasta llegar a tu destino. Asco de vida.

Lamentablemente, la respuesta a la pregunta inicial suele ser la primera.

Así es, señores. Pasa en las películas, pasa en TNT, pero, sobre todo, pasa en la vida real. Aunque ustedes no lo crean (o sí, sólo que no lo hacen hasta que les ocurre).






* Gracias, Johan Urdiales (@frikisexual), por la contribución con el quinto ejemplo.