domingo, 29 de enero de 2012

Si tan solo una cosa hubiera sido distinta


Fue en el quinceañero de Mary Gaby –compañera de la promoción–, un día de julio del 2005.

Había ido con Ximena, mi mejor amiga, y otras amigas más. Y en el cumpleaños, aparte de la gente de mi colegio, sólo conocía a Angelo, el primo de Mary Gaby, quien había llevado a un amigo suyo de la promoción, Daniel.

Esa noche, Daniel y Ximena intercambiaron números y correos. Y al día siguiente iniciaron la típica rutina que dos personas realizan apenas se conocen y tienen cierto interés entre sí: se llaman a cada rato, se mandan mensajes de texto y conversan vía chat por mínimo tres horas, hablando de todo y de nada a la vez.

Después de algunas semanas (o días, no sé) y por un motivo que hasta ahora desconozco, poco a poco Daniel dejó de hablar con Ximena y comenzó a hablar conmigo iniciando la misma rutina, la cual duró hasta el 14 de febrero del año siguiente, fecha en la que Daniel se me declaró y yo lo rechacé por Ximena (porque, aunque ella nunca lo aceptó, yo sabía que, en algún momento, Daniel le gustó, y ese era motivo suficiente de mi parte para no estar con él, a pesar de lo mucho que me gustaba).

Sin embargo, luego de hablar con Ximena seriamente y de recibir su “bendición”, Daniel volvió a intentarlo conmigo siete meses después (sí, el pobre muchacho me tuvo que esperar una eternidad). Esa vez, le dije que sí y empezamos una relación que terminó, irónicamente, siete meses después.

Sé que no se puede regresar al pasado, pero, en muchas ocasiones, mi imaginación comienza a volar y me imagino qué hubiera pasado si no hubiera ocurrido tal evento, si hubiera tomado otra decisión, dicho otra cosa o actuado de distinta manera.

En este caso, si Daniel y yo no hubiéramos terminado luego de los siete meses, si Ximena nunca me hubiera dado la “bendición” para poder estar con él, si Daniel no me hubiera esperado esos siete meses, si yo no le hubiera dicho que no ese 14 de febrero, si él y yo no hubiéramos iniciado esa rutina, si Daniel nunca hubiera dejado de hablar con Ximena, si Ximena y Daniel nunca hubieran intercambiado información, si Daniel no hubiera ido al cumpleaños, si yo hubiera conocido a algún amigo más o si no hubiera conocido a Angelo, si Mary Gaby nunca me hubiera invitado a su quinceañero, si yo no hubiera estado en mi colegio.

No me quejo de mi vida (no la mayoría del tiempo, al menos), pero me es inevitable pensar en cómo podría ser mi vida ahora si tan solo una cosa hubiera sido distinta.




Nota: este post estuvo inspirado en la película El efecto mariposa y en el siguiente video:

domingo, 22 de enero de 2012

Cómo sobrevivir a tu primera clase de surf


Por cosas de la vida, me ofrecieron chamba como redactora de crónicas en una revista cultural gracias a mi blog. Por supuesto, acepté en seguida (yo haría esta chamba gratis, pero que te paguen por hacer lo que te apasiona es uno de los mayores placeres de la vida).

El día en que me reuní por primera vez con la gente de la revista, ellos ya tenían la primera actividad para mí: tomar una clase de surf con un instructor de la academia Tablas para Cristo y luego redactar la crónica promocionando la academia de dicho deporte.

Cuando Jimena, la chica que me contactó, terminó de hablar, sólo atiné a sonreírle a todos los presentes y a contestar que estaba más que dispuesta a hacerlo. Pero había tres “pequeños” detalles de los que me percaté al regresar a mi casa: 1) no sé nadar, 2) no me gusta la playa y 3) sin lentes soy inservible. Sin embargo, mandé a la mierda todo eso y me dije a mí misma, mismo meme, “reto aceptado” (ya sé que en castellano suena horrible, pero no me gusta usar spanglish).

Una semana después, el gran día había llegado. Me desperté a las 9 am, desayuné, me cambié, preparé mis cosas y me despedí de mi madre con un beso en su mejilla izquierda. La reacción de ella fue “no te olvides, hijita, de decirle al instructor que no sabes nadar y que no te pueden alejar mucho de la orilla. ¡No te vayas a ahogar!” Gracias, madre, por ponerme más nerviosa de lo que ya estaba, por tener confianza en mí y por subirme la moral. Eres un primor.

Casi 20 minutos después, me encontraba en el taxi con Jimena y Beto camino a la playa para encontrarnos con Piero Chiappe, el instructor de surf. Luego de media hora –porque nos demoramos la vida en encontrar la playa Sombrillas, porque esperamos a que Piero terminara con su anterior clase y porque ayudé a Jime con la difícil tarea de ponerse un wetsuit por primera vez (del cual puso la parte del brazo en su pierna)– y terminado el calentamiento, ya estaba “lista” para entrar al agua después de meses.

Cogí la tabla y me acerqué a la orilla. Apenas lo hice, sentí un enredo de algas, piedras que me lastimaban los pies y desperdicios a mi alrededor, y recordé que precisamente por esos motivos (y porque no me gusta terminar con arena en todos los orificios de mi cuerpo) es que no voy a la playa.

Caballero nomás, seguí avanzando torpemente (y me di cuenta de que hasta un perro nada mejor que yo) hasta llegar a la altura de donde estaba Piero –demorándome el triple de lo que se había demorado él–, quien me dijo “ya, Ale, hoy te voy a enseñar a avanzar, retroceder y girar en la tabla estando echada y sentada y luego, con suerte, a pararte en la tabla. ¿Estás lista?” “No, coño, quiero irme a mi ca—Sí, empecemos”, respondí muerta de miedo, pero con ganas de dominar la tabla.

Después de media hora y de infinitos (pero silenciosos) “Piero, estoy cansada”, “Piero, no tengo aire”, “Piero, regresemos a la orilla”, decidí que esa pinche tabla no me iba a vencer, así que me aguanté el dolor en mis brazos y perseveré (imaginando que la tabla era el flaco al que le tengo ganas).

Luego de otra media hora, la clase había llegado a su fin con una Alessandra con músculos adoloridos, pantorrillas quemadas, litros de agua en los pulmones y los ojos rojos por la sal, pero satisfecha consigo misma por haber tenido una clase de surf sin saber nadar y no haberse ahogado en el intento.

¿Cómo? A continuación, cuatro tips esenciales para aquellas personas que cuenten con mi situación:

- Hacer calentamiento por 5 minutos antes de entrar al agua –sus músculos se lo agradecerán luego.
- Agarrarse de la tabla (o del instructor) apenas caigan de esta y esperar a recuperar el aire antes de volver a subir.
- Mover las piernas desenfrenadamente –eso hará que no desaparezcan bajo el agua.
- No desesperarse y disfrutar de la experiencia.




PD: Piero me pareció un instructor de la puta madre, paciente y muy buena onda. Si quieren tener clases de surf con él, llámenlo al 996064875 y separen cita. Buena suerte.

Así fui vestida a mi clase de surf: como DT de equipo de fútbol de menores de segunda división

martes, 10 de enero de 2012

Infaltables


Los infaltables son aquellas personas que siempre están presentes en un grupo determinado de amigos, incluso en la familia. Sin ellos, el grupo no marcha, pues ellos son, como dice Manny en La era de hielo 2, “la cosa pegajosa, chiclosa, que mantiene a todos unidos”.

Claros ejemplos de los infaltables:

• El/la papá/mamá del grupo: el/la que cuida a todos, el/la que se preocupa más de lo debido, el/la que vela por los intereses de los demás y no está tranquil@ si los demás no lo están.

• El/la Einstein: la persona más inteligente del grupo, la estudiosa, la chancona, la que sabe todo sobre todo, pero es una taba (entiéndase como “inútil”) en cuanto a temas personales.

• El/la consejer@ amoros@: la persona a la que los demás del grupo acuden cuando están pasando por una crisis con su pareja, la de los mejores consejos, la que está sola cuando todos los demás están en pareja y viceversa, la forever alone.

• El/la extrovertid@, sociable, carismátic@, juerguer@, giler@, buena onda. El/la que más sobresale del grupo, ya sea consciente o inconscientemente, el/la que saca pecho por el grupo.

• El/la distraíd@: anda siempre en la luna de Paita. Es esa persona que necesita que le repitan las cosas varias veces, la que se entera de todo siempre al último, la taba, la que no entiende los chistes.

• El/la payas@: cuenta chistes, tiene una forma peculiar de contar las cosas, hace reír a los demás y trata de levantarle el ánimo a todos los del grupo.

Pero, claro, ellos no son los únicos infaltables.

También están el/la creativ@, soñador(a), tímid@, pesimista, sensible, amargad@, aguafiestas, optimista y, por último, .



Nota: este post fue inspirado en la idea original de @humbeertoh.