miércoles, 16 de enero de 2019

Oda a la Mamina

Algunos la conocen y otros quieren conocerla apenas la ven. Ella es del tipo de persona que ilumina cualquier ambiente y que no puedes dejar de querer.

Estas son algunas cosas que quiero que sepan de ella:
  • Conoció al amor de su vida cuando tenía 14 años, pero recién tuvo permiso de estar con él a los 16. Tuvieron 6 hijos y estuvieron casados por 62 años
  • Todas las noches, después de comer, se acerca a su jardín para mirar al cielo y agradecer por quién sabe qué (aunque sospecho que aprovecho también para hablar con mi abuelo)
  • Es supersticiosa como muchas otras abuelas: toca madera cuando siente que debe hacerlo, pide un deseo al soplar una pestaña y nunca deja que seamos 13 en la mesa
  • Desde que tengo memoria, me dice "Tanita" y no sé por qué, pero tampoco quiero saber. También, todos los años por mi cumpleaños, me llama y me canta esta canción: "Mi Tanita, mi Tanita, mi Tanita de mi amor. Yo te quiero tanto, tanto, con todo mi corazón"
  • Si le regalas algo, con agradecerte una vez no es suficiente. Lo hace apenas le das el regalo, a la hora de despedirse y te llama más tarde o al día siguiente a seguir agradeciéndote
  • Por muchos años vivió al costado de su hermana "Marujita", a quien consideraba su alma gemela. También, cuando ambas eran jóvenes, brevemente abrieron un nido y dicen las buenas lenguas que los entonces niños aún se acuerdan de ellas.
No sé cuánto tiempo voy a tenerla porque, aunque se me llenan los ojos de lágrimas con solo pensarlo, sé que de cuerpo no va a ser eterna. Por eso la vivo cada vez que puedo y la gozo cada vez que ella me deja.

Ella es Mamina. Ella es vida. Mi vida.

El día de su matrimonio

Con "Marujita"

Mandando besos a su fanaticada

Feliz en su jardín

Ella.


martes, 19 de junio de 2018

Cometas en el cielo

Alguna vez leí (o alguien me dijo) que todos los escritores deberían tener una musa. No soy escritora ni -creo que- tengo una musa, pero si hay alguien de quien podría escribir siempre es mi papá, una de las pocas personas que me hacen mirarlo y pensar "qué paja tenerlo en mi vida".

Dos de las cosas que más sé de su infancia son estas: que mi abuela lo metió a clases de acordeón, a las cuales acudía a pie con el instrumento en la mano, y que mi abuelo le enseñó a volar cometa y luego, con el tiempo, a fabricarlas.

Aunque no tengo recuerdos de que mi papá nos haya llevado al parque a mis hermanas o a mí a volar cometa, sé que es algo que él añora hasta ahora (tengo el presentimiento de que está esperando hacerlo con sus nietos).

Y lo sé porque, desde hace buen tiempo, mi padre guarda en la maletera de su carro una cometa que adquirió hace unos años y una lonchera mía de colegio en la que guarda los materiales necesarios: guante para no rasparse la mano, pabilo para volarla al infinito y otras cosas que ahora no recuerdo.

Suele sacarla los domingos luego de almorzar, cuando estamos en el carro pensando adónde ir a pasear, y él, sin que nadie se dé cuenta, maneja hasta el parque más cercano y con voz emocionada dice "¡Ya sé! ¡Voy a volar cometa!".

Acto seguido se estaciona, pregunta quién quiere acompañarlo y se pone en acción. Normalmente lo acompaño yo. La preparación es muy corta, porque a los pocos minutos la cometa ya está camino al cielo. A veces nos quedamos en silencio viendo cómo se aleja; otras veces, me cuenta sobre el Nono al que nunca conocí, las clases para armar cometas y a quién le enseñó a armarlas, los modelos de cometa que tenía y las veces en que alguna se fue lejos y no regresó más (o las que se le quedaron atoradas en algún árbol y nunca pudo recuperar).

La gente camina a nuestro lado y algunos pasan de largo, mientras que otros (papás con hijos) se detienen y exclaman "¡Mira lo que hay en el cielo, hijo!" o (mi favorita) "Hoy en día ya no se ve volar cometas. Lo felicito".

Y yo lo miro de lo más emocionada, esperando que llegue el día en que alguna de mis hermanas o yo tenga un hijo al que enseñe a volar cometa y, por qué no, a tocar el acordeón.

martes, 10 de abril de 2018

Encuentra tu Hogwarts

Nunca me importó estar en una empresa (grande o pequeña) y trabajar para alguien más. No me importaba levantarme temprano, modificar mi clóset para estar acorde al dresscode, renegar por el tráfico (mentira; esto siempre me molestó y me seguirá molestando) o adecuarme a las "reglas de convivencia" de cada empresa. No me importaba con tal de que me apasionara mi trabajo.

Pero nunca lo encontré. Lo disfrutaba los primeros meses hasta que luego, poco a poco, comenzaba a ver los puntos débiles de cada trabajo. Que aquí no daban grati, que acá no daban seguro. Que allá no me caía mi jefe, que ahí no me caía nadie.

Me di cuenta de que no iba a ser completamente feliz en ningún trabajo y que ya no quería trabajar para nadie más. Si iba a renegar, renegaría con algo mío.

Así que decidí arriesgarme y dejar uno de los trabajos más cómodos en los que he estado y, junto con mi amiga -ahora socia-, abrir un negocio de algo que nos gusta, nos motiva y, lo más importante, nos apasiona.

La felicidad de tener listas las nuevas tarjetas de presentación
El proceso no fue fácil, pero sabía que valía la pena intentarlo. Pensamos en el nombre, en las características de los productos, en las plataformas, en nuestros futuros clientes y en nuestros proveedores.

Nunca olvidaré el día en que conocí ese mercado. La emoción ya comenzaba a invadirme hasta antes de bajar de la combi y sentir esa mezcla de olores que al inicio me daba náuseas y al que ahora le he agarrado cariño.

Mercado de flores en Acho
Apenas entré y vi a mi alrededor sentí algo en mi interior. Una sensación que me decía que este era mi nuevo hogar y que, a pesar del miedo, estaba tomando la decisión que debía tomar. Sonreí.

Recuerdo que me sentí como Harry Potter en su primer día de Hogwarts descubriendo un mundo nuevo. Y así me sigo sintiendo todos los días hasta ahora: emocionada, inspirada, motivada, encontrando y descubriendo la magia.

Por eso, de ahora en adelante, mi nuevo lema será "Encuentra tu Hogwarts y deja que te invada".

miércoles, 28 de febrero de 2018

El placer de decir "no"

Hasta hace no mucho, yo era de las personas a las que les costaba mucho decir que no.

Hacía cosas por compromiso, pensaba más en los demás, accedía a hacer cosas que no quería. Pero ya no más.

No sé qué pasó entre finales del 2017 e inicios del 2018 porque decir que no ya no me es complicado.

NO.
No quiero aceptarte en Facebook porque no somos amigos.
No me provoca ver a la gente de la chamba saliendo del trabajo.
No quiero donar (no ahora).
No quiero responder tu encuesta.
No quiero ir a ese sitio solo por cumplir.
No quiero jalarte hasta tu casa.
No quiero seguir trabajando para alguien más.
No quiero que me insistas para que me tome una chela.
No quiero prestarte plata porque sé que luego tendré que insistirte para que me la devuelvas.
No quiero sacar una nueva tarjeta ni afiliarme a tu seguro.
No quiero escucharte por dos horas.
No tengo ganas de ir.

No quiero. No.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Para los novios

Soy de las personas que se emocionan por las cosas simples de la vida.

Me emocionan los atardeceres, las audiciones de la franquicia Got Talent (las de Calum Scott y Mandy Harvey siempre me hacen llorar), visitar a la Mamina, ver una pareja de ancianos tomados de la mano o bailando, ver fotos de mi familia en blanco y negro, el sonido de la lluvia, tener un bebé en brazos y la buena música.

Pero también me gusta emocionarme por los demás.

Me emocioné cuando mi papá obtuvo la colegiatura el año pasado hasta el punto de pararme para aplaudirle cuando todos estaban sentados y gritarle "¡buena, pa!", cuando mi hermana menor consiguió trabajo en un sitio que le gustaba y cuando vi a mi mejor amiga desde quinto de primaria caminar por el pasillo de una iglesia vestida de blanco.

Y ahora no puedo evitar emocionarme por mi hermana y su flaco.

Era el 31 de diciembre del 2017 y estaba a punto de hacer la cábala de las 12 uvas porque alguien, casualmente, había llevado unas. A partir del sexto deseo ya no sabía qué pedir para mí, así que pedí por Andrea y Miguel. "Que mi hermana y Miguel se animen a dar el siguiente paso", recuerdo que dije.

Varias horas después me encontraba en Jauja cuando me entró una videollamada de mi otra hermana y me palteé porque he llegado al punto en que las llamadas las relaciono con desgracias.

"Oye, ¿qué haces? ¿Te fuiste a un retiro de Ayahuasca?", bromeó Arianna. "Andrea tiene algo que enseñarte".

Lo que vi después me conmovió hasta el alma: en el dedo anular izquierdo de Andrea, resaltaba un anillo de compromiso. "¡Esta naca se casa!", dijo Arianna.

Sonreí, la felicité, la abracé virtualmente, llamé a Miguel, lo felicité también, colgué y lloré. Lloré con una sonrisa de oreja a oreja, sintiendo harta emoción y felicidad por alguien más con cada partícula de mi cuerpo. Y me di cuenta de lo mucho que la quiero.

Lo mismo siento ahora y lo seguiré sintiendo hasta que llegue ese día. Y luego infinitos días más.

Preparándola para las fotos.
"Que su vida en común sea aún más hermosa que el sueño que los ha traído hasta aquí".

martes, 19 de septiembre de 2017

Siempre niño

Desde niña recuerdo el microscopio y lupa de mi papá y su afán de guardar TODO. Y cuando digo T-O-D-O (así, separado y con mayúscula) es porque realmente me refiero a todo: desde nuestros primeros dientes hasta nuestros granos (sí, granos).

Recuerdo que hasta usaba alguno de sus segundos ojos al armar un rompecabezas: así evaluaba de cerca cuál era la pieza que debía encajar a continuación.

Hace un par de años tenía dos ajolotes en una pecera que guardaba en su escritorio. Recuerdo que varias veces en las que subí a saludarlo (y a pedirle algo) lo encontraba observando a estos simpáticos bichitos. Y cuando murieron, estoy segura de que antes pasaron por una intensa evaluación bajo el microscopio de mi padre (aunque no tengo recuerdos de ello).

De lo que sí tengo recuerdos es de lo que pasó hace algunas semanas.

Estaba en el garaje con mi papá y mi hermana menor cuando Arianna escuchó algo que venía del piso y se chocaba contra la pared. Prendimos la luz y era un asqueroso saltamontes. Mi papá, en un abrir y cerrar de ojos, cogió un Raid del estante de herramientas (sí, las tiene hasta en el garaje), lo roció y, corriendo, subió a la cocina a traer un frasco.

"¿Para qué lo quieres?", pregunté. "¡Para observarlo, claro!", respondió. Debí imaginarlo.

Con mucho cuidado, papá metió al villano de Bichos en el frasco, subió a la casa y comenzó a analizarlo. A la mañana siguiente, lo primero que hice al despertar fue ver a Pepito-no-grillo. Ya inmóvil, a Pepito-no-grillo se le había caído una pata. Suspiré y me retiré al trabajo.

Regresé a mi casa, saludé a mis papás y me dirigí a mi cuarto para pegar el grito del año al ver esto:



Mi papá le había pegado la pata a Pepito-no-grillo, lo había bañado de barniz para mantenerlo completo y lo había pegado a una hoja bond para verlo más fácilmente con el microscopio y la lupa y, de paso, atormentar a sus hijas.

Recuerdo que grité por varios segundos, pero también recuerdo la risa de mi papá. Esa risa que me dice que, a pesar de que pronto tendrá 60 años, nunca dejará de ser un niño.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Gente que sí

Este año, durante los primeros meses, me rodeé de gente negativa que no le aportaba nada a mi vida. Así que, para el próximo año, pienso evitarlas y rodearme de gente que sí.

Que sí se levanta luego de caer.
Que sí sabe decir que no.
Que sí se atreve.
Que sí siente y que no tiene miedo de sentir.
Que sí se arriesga, a pesar del riesgo posterior de arrepentirse.
Que sí escucha su corazón.
Que sí hace lo que de verdad quiere.
Que sí se anima a volar.

Gente que dice que sí a pesar de que se caga de miedo.
Que sí manda a la mierda a gente que se lo merece.
Que sí hace la diferencia.
Que sí sabe disfrutar de la vida.
Que sí dice "SÍ" a nuevos retos.

Ojalá nos crucemos con gente que sí, siempre sí.

Post inspirado en esta imagen que apareció en mi TL de Twitter