miércoles, 13 de marzo de 2019

Guapa

Qué guapa te ves desde que comenzaste a mandar a la mierda a gente que se lo merece, desde que decidiste hacer lo que más te gusta y desde que te perdonaste y aprendiste tu valor y a volar.

Pero también te ves guapa desde que dejaste de esperar algo que, en el fondo, sabías que no iba a pasar y desde que dejaste de hacer cosas por compromiso y comenzaste a decir lo que estaba en tu corazón.

Desde que no dejas que nadie te haga caer (y, si lo hacen, te levantas rápidamente) ni apague tu brillo. Desde que te rodeas de gente que aporta mucho a tu vida y dejaste ir a quienes no aportaban nada.

Qué guapa te ves desde que te pones retos y tú misma ves cómo logras pasar cada obstáculo que se interpone en tu camino.

Desde que luchas por cumplir tus sueños y desde que decidiste darle una nueva oportunidad al amor. Desde que dejaste atrás tus miedos y te arriesgas cada vez que quieres hacerlo.

Qué guapa te ves desde que dejaste de pensar tanto en los demás y te diste cuenta de que primero estás tú.

Pero, sobre todo, qué guapa te ves desde que empezaste a seguir tus propios consejos y desde que te ves al espejo y te ves como nunca antes lo hiciste: guapa, muy guapa.



miércoles, 6 de febrero de 2019

Cosas inolvidables

Hace unas semanas, navegando por Tumblr, encontré una imagen de autor desconocido que resume algunas cosas imposibles de olvidar, como la sonrisa luego de recordar.

Autor desconocido. Ayúdame a encontrarlo.
Sentí cada una de las cosas que él/ella menciona, pero también quise tomarme la libertad de agregar más cosas, así que ahí van:

El alivio luego de superar.
La sonrisa de tus abuelos.
El abrazo de mamá.
Las enseñanzas de papá.
Las risas con los amigos.
Las cagadas de joven.
La primera vez que dices "te quiero".
El primer orgasmo.
La primera vez que te rompieron el corazón.
La vez que tú rompiste un corazón.
La primera vez que tuviste una decepción.
La primera vez que decepcionaste a alguien.
La primera vez que viajaste en avión.
Tu primer amor.
Tu primer trabajo.
La primera mascota que tuviste.
El día en que se fue tu mascota.
El día en que te graduaste.
El día en que superaste tus miedos.

Tú. Yo. Nosotros. Ahora.

martes, 29 de enero de 2019

Un poco tontos

Alguna vez he mencionado que me cuesta decir que no. No encuentro las palabras, no logro inventar una excusa convincente, pienso que voy a hacer sentir mal a la otra persona y, por ende, termino diciendo que sí.

A veces, luego de comprometerme, odio momentáneamente a la otra persona y aprendo la lección; otras veces, igual los odio momentáneamente, pero también digo "ok, no estuvo tan malo. Quizás lo volvería a hacer".

La primera vez que sentí eso fue hace dos años, cuando organicé la despedida de soltera de mi mejor amiga en Cusco. Teníamos pocos días y bajo presupuesto para los tours tradicionales, pero la solución llegó rápido: un paseo a caballo (su animal favorito) por el sitio arqueológico del Templo de la Luna.

Ya que la última vez que me había subido a un caballo (que, en realidad, fue un pony) había sido hace más de 15 años, me invadió el pánico. Tenía cero ganas de subirme, pero sabía que si no lo hacía luego me arrepentiría. "Por favor, que al menos me toque el más tranquilo". Subí con ayuda, me acomodé y al segundo me paralicé. 

¿Cómo funciona esto? ¿Cómo me agarro? ¿Cómo lo guío? ¿Por qué hizo ese sonido? ¿Por qué me subí a esta cosa? ¿Por qué está corriendo? ¿CÓMO LO DETENGO? ¡AYUDAAA!

Al poco tiempo, Ximena se dio cuenta de mi sufrimiento: "Cavag, ¿estás bien?". "Chavez, te quiero, pero cámbiame de caballo ahora porque siento que me muero". El guía también se había dado cuenta, se acercó y, muy campantemente, nos confesó que a mí me había tocado lo que parecía un potro salvaje (un caballo joven al que habían mordido hace poco y por eso andaba inquieto). "Cavag, no te preocupes. Toma mi caballo que es bien tranquilito".

Cambiamos de caballo y volví un poco a la vida, aunque mi cuerpo seguía paralizado. La concha me dolía, un pie me ardía y mis dedos parecían congelados por tanta tensión, pero un rato después comencé a disfrutarlo. Terminó el paseo, abracé a Ximena y le dije "Si alguna vez tenía que volver a subir a un caballo tenía que ser por ti, de todas maneras".

Haciendo tiempo para no subir al caballo.
Desesperada por bajar (extremo izquierdo).
La segunda vez fue el año pasado, cuando mi hermana mayor decidió que sus fotos prematri serían en las Lomas de Lúcumo. "¿Quieren ir?", nos preguntó a la menor y a mí. "Veamos", dije. "En las clases de Educación Física del colegio nunca aprendí a controlar mi respiración y en la subida a Pastoruri (tengo la costumbre de hacer malas comparaciones) sentí que dejaría mi cuerpo a mitad de camino, pero no creo que la subida a esas lomas sea tan malo. Ya, vamos".

A las 11 de la mañana del día siguiente ya estábamos listos para subir a las lomas. "Todo sea porque es ella, porque no volveré a subir a estas cosas y porque las fotos valdrán la pena".

Ah, mira. Esto no está tan mal. Tengo mi termo de agua, zapatillas para escalar y mi hermana y cuñado atrás. Ok, ya me estoy cansando un poquito. No puedo respirar. Cálmate, Alessandra. ¡¿POR QUÉ TODOS SUBEN TAN RÁPIDO?! Cada uno sube a su tiempo; tranquila. PERO ESA SEÑORA ES MUCHO MAYOR QUE YO Y SUBE SIN PROBLEMAS. Pero tú no eres esa señora. Te demorarás un montón, pero lo lograrás. "Ale, ¿cómo vas?" NO ME HABLES, MIERDA. "Bien, pero no puedo hablar porque sino me canso más". Necesito un descanso. Necesito otro. DEJAN DE AVANZAR SIN MÍ, MALDITA SEA. ¡ANDREAAAA!

Después de lo que se sintió una eternidad, con hartas paradas y la botella de agua a punto de terminar, llegamos a la cima y valió la pena, como sabía que lo haría. "Ya subí a un caballo y ya llegué a la cima de unas lomas. ¿Qué me tocará hacer el próximo año?".

Sin oxígeno, pero contenta.
La tercera vez fue hace unas semanas, luego de una parrillada a la que me invitó un pata. "Ale, he tomado mucho. Tú me vas a llevar luego a mi casa manejando mi caña, ¿ya?". "Pero no tengo conmigo mi brevete". "No te preocupes; no va a pasar nada. Toma mis llaves".

Las horas fueron pasando, él siguió tomando y yo me fui desesperando porque en el fondo sabía que, cuando llegara el momento, no iba a poder decir que no. Pero entré en negación y le di las llaves al dueño de la casa: "Por favor, guárdalas tú y, cuando te las pida, dile que no las encuentras para que se vaya en taxi a su casa" (qué ilusa). "Ok, Ale, no te preocupes; no se las daré", me dijo y confié.

Fernando, el dueño de la casa; Alejandro, mi compañero abstemio y Renzo, el terco.

Más horas fueron pasando y ya era momento de la despedida. "¿Tienes mis llaves? ¿Me llevas a mi casa, ¿no?", preguntó. "Las tiene Fer. ¿Por qué no te vas a tu casa en taxi y dejas acá tu camioneta? Tú no puedes manejar así y yo no tengo mis documentos acá". "Ya, no te preocupes: yo manejo, entonces". Mi cara de culo apareció. "¿Qué parte de 'no puedes manejar' no entendiste?". "Sí la hago, Ale. Manejo desde hace muchos años y siempre soy muy cuidadoso", dijo terco como una mula. Le comenté que no tenía sus llaves y fue a preguntarle a Fernando, quien finalmente sucumbió ante la presión.

Carajo, ¿y ahora qué hago? Él no va a querer dejar su camioneta acá y no puedo dejar que maneje solo hasta su casa porque me importa demasiado. Pero nunca he manejado una camioneta y creo que la suya es automática. ¿Y si nos paran en el camino? ¿Y si me suspenden el brevete? ¿Y si choco? CARAJO, ¡¿QUÉ HAGO?!

Después de debatirlo por varios minutos, decidí que lo mejor era acompañarlo hasta su casa como copiloto, porque al menos él sí tenía brevete. Entramos al carro y, cuando me di cuenta de que ni siquiera podía encenderlo y que esa no sería una bonita forma de morir, me armé de valor y le dije con miedo: "Sal de acá; yo manejo". 

Me senté en el asiento del conductor y sentí cómo rápidamente mi cuerpo se iba tensando, como me pasó con el caballo. Me hizo una breve explicación de cómo manejarlo y, cuando me percaté de que el carro era mecánico, pensé "esto no puede ser tan malo".

A ver, mierdecita. Espero que nunca te olvides de esto que voy a hacer por ti. Botón de encendido, luces, cinturón. ¡NO TE DUERMAS! Embrague, primera, avanza. ¡Lo hice! Tiempo estimado según Waze: 25 minutos. Bacán, 25 minutos de siesta para él y 25 minutos de tensión para mí. Debo quererlo demasiado. Ok, ya avanzaste unas cuadras. Puedes hacerlo. Carajo, se apagó el carro. No importa. Hazlo de nuevo. ¡Lo estás haciendo bien! Un patrullero detenido y sí o sí tengo que pasar por su costado. ¡NOOO! Vamos, Ale; peores cosas has hecho (?). Respira, respira. ¡Lo hiciste!

De pronto todo fue más fácil. Llegamos a su casa antes de la hora estimada, la camioneta intacta, él vivo y yo sin ningún castigo. De regreso a mi casa, sentí cómo mi cuerpo volvía a la vida, al mismo tiempo en que él me mandaba un mensaje con un gran "GRACIAS".

Pensé en las cosas que, a pesar del miedo, he hecho por otra persona y en cómo nos transformamos cuando solemos querer mucho a alguien: miedosos, un poco confiados, algo invencibles, pero, sobre todo, un poco (bastante) tontos.


miércoles, 16 de enero de 2019

Las típicas hermanas

Nunca fuimos las típicas hermanas confidentes ni las que compartían todo, salvo algunos juguetes y la ropa (y el cuarto hasta los veintitantos, cómo olvidarlo). No fuimos mejores amigas ni tampoco las que paran todo el día juntas.

Pero, creo, teníamos y tenemos algunas cosas que, aunque son comunes en muchas hermanas, también nos hacen especiales:
  • Terminar la frase de la otra o decir las cosas al mismo tiempo
  • Conocer los gustos de la otra casi sin dudarlo
  • Compartir la ropa (aunque ahora vivamos lejos)
  • Hacer bromas internas sobre nuestros papás
  • Respetar la opinión de la otra aunque no necesariamente estemos de acuerdo
  • Lucir atuendos horribles cuando éramos niñas
Pero, sobre todo, emocionarnos por las cosas que le pasa a la otra.

Yo cuando se graduó del colegio; ella cuando terminé la universidad después de mucho esfuerzo. Yo cuando abrió su negocio; ella, cuando yo abrí el mío unos años después. 

Yo cuando usé 1 de mis 12 uvas como cábala pidiendo que Miguel y ella den el gran paso. Yo cuando se comprometieron al día siguiente. Yo el día de su matri civil cuando quise decirles algo y las palabras no me salían. Yo el día de su matri religioso cuando la vi entrar a la iglesia del brazo de mi papá.

Yo ahora, sin motivo aparente, pero emocionada por todo lo bueno que se te viene, hermanita del alma.

Oda a la Mamina

Algunos la conocen y otros quieren conocerla apenas la ven. Ella es del tipo de persona que ilumina cualquier ambiente y que no puedes dejar de querer.

Estas son algunas cosas que quiero que sepan de ella:
  • Conoció al amor de su vida cuando tenía 14 años, pero recién tuvo permiso de estar con él a los 16. Tuvieron 6 hijos y estuvieron casados por 62 años
  • Todas las noches, después de comer, se acerca a su jardín para mirar al cielo y agradecer por quién sabe qué (aunque sospecho que aprovecho también para hablar con mi abuelo)
  • Es supersticiosa como muchas otras abuelas: toca madera cuando siente que debe hacerlo, pide un deseo al soplar una pestaña y nunca deja que seamos 13 en la mesa
  • Desde que tengo memoria, me dice "Tanita" y no sé por qué, pero tampoco quiero saber. También, todos los años por mi cumpleaños, me llama y me canta esta canción: "Mi Tanita, mi Tanita, mi Tanita de mi amor. Yo te quiero tanto, tanto, con todo mi corazón"
  • Si le regalas algo, con agradecerte una vez no es suficiente. Lo hace apenas le das el regalo, a la hora de despedirse y te llama más tarde o al día siguiente a seguir agradeciéndote
  • Por muchos años vivió al costado de su hermana "Marujita", a quien consideraba su alma gemela. También, cuando ambas eran jóvenes, brevemente abrieron un nido y dicen las buenas lenguas que los entonces niños aún se acuerdan de ellas.
No sé cuánto tiempo voy a tenerla porque, aunque se me llenan los ojos de lágrimas con solo pensarlo, sé que de cuerpo no va a ser eterna. Por eso la vivo cada vez que puedo y la gozo cada vez que ella me deja.

Ella es Mamina. Ella es vida. Mi vida.

El día de su matrimonio

Con "Marujita"

Mandando besos a su fanaticada

Feliz en su jardín

Ella.


martes, 19 de junio de 2018

Cometas en el cielo

Alguna vez leí (o alguien me dijo) que todos los escritores deberían tener una musa. No soy escritora ni -creo que- tengo una musa, pero si hay alguien de quien podría escribir siempre es mi papá, una de las pocas personas que me hacen mirarlo y pensar "qué paja tenerlo en mi vida".

Dos de las cosas que más sé de su infancia son estas: que mi abuela lo metió a clases de acordeón, a las cuales acudía a pie con el instrumento en la mano, y que mi abuelo le enseñó a volar cometa y luego, con el tiempo, a fabricarlas.

Aunque no tengo recuerdos de que mi papá nos haya llevado al parque a mis hermanas o a mí a volar cometa, sé que es algo que él añora hasta ahora (tengo el presentimiento de que está esperando hacerlo con sus nietos).

Y lo sé porque, desde hace buen tiempo, mi padre guarda en la maletera de su carro una cometa que adquirió hace unos años y una lonchera mía de colegio en la que guarda los materiales necesarios: guante para no rasparse la mano, pabilo para volarla al infinito y otras cosas que ahora no recuerdo.

Suele sacarla los domingos luego de almorzar, cuando estamos en el carro pensando adónde ir a pasear, y él, sin que nadie se dé cuenta, maneja hasta el parque más cercano y con voz emocionada dice "¡Ya sé! ¡Voy a volar cometa!".

Acto seguido se estaciona, pregunta quién quiere acompañarlo y se pone en acción. Normalmente lo acompaño yo. La preparación es muy corta, porque a los pocos minutos la cometa ya está camino al cielo. A veces nos quedamos en silencio viendo cómo se aleja; otras veces, me cuenta sobre el Nono al que nunca conocí, las clases para armar cometas y a quién le enseñó a armarlas, los modelos de cometa que tenía y las veces en que alguna se fue lejos y no regresó más (o las que se le quedaron atoradas en algún árbol y nunca pudo recuperar).

La gente camina a nuestro lado y algunos pasan de largo, mientras que otros (papás con hijos) se detienen y exclaman "¡Mira lo que hay en el cielo, hijo!" o (mi favorita) "Hoy en día ya no se ve volar cometas. Lo felicito".

Y yo lo miro de lo más emocionada, esperando que llegue el día en que alguna de mis hermanas o yo tenga un hijo al que enseñe a volar cometa y, por qué no, a tocar el acordeón.

martes, 10 de abril de 2018

Encuentra tu Hogwarts

Nunca me importó estar en una empresa (grande o pequeña) y trabajar para alguien más. No me importaba levantarme temprano, modificar mi clóset para estar acorde al dresscode, renegar por el tráfico (mentira; esto siempre me molestó y me seguirá molestando) o adecuarme a las "reglas de convivencia" de cada empresa. No me importaba con tal de que me apasionara mi trabajo.

Pero nunca lo encontré. Lo disfrutaba los primeros meses hasta que luego, poco a poco, comenzaba a ver los puntos débiles de cada trabajo. Que aquí no daban grati, que acá no daban seguro. Que allá no me caía mi jefe, que ahí no me caía nadie.

Me di cuenta de que no iba a ser completamente feliz en ningún trabajo y que ya no quería trabajar para nadie más. Si iba a renegar, renegaría con algo mío.

Así que decidí arriesgarme y dejar uno de los trabajos más cómodos en los que he estado y, junto con mi amiga -ahora socia-, abrir un negocio de algo que nos gusta, nos motiva y, lo más importante, nos apasiona.

La felicidad de tener listas las nuevas tarjetas de presentación
El proceso no fue fácil, pero sabía que valía la pena intentarlo. Pensamos en el nombre, en las características de los productos, en las plataformas, en nuestros futuros clientes y en nuestros proveedores.

Nunca olvidaré el día en que conocí ese mercado. La emoción ya comenzaba a invadirme hasta antes de bajar de la combi y sentir esa mezcla de olores que al inicio me daba náuseas y al que ahora le he agarrado cariño.

Mercado de flores en Acho
Apenas entré y vi a mi alrededor sentí algo en mi interior. Una sensación que me decía que este era mi nuevo hogar y que, a pesar del miedo, estaba tomando la decisión que debía tomar. Sonreí.

Recuerdo que me sentí como Harry Potter en su primer día de Hogwarts descubriendo un mundo nuevo. Y así me sigo sintiendo todos los días hasta ahora: emocionada, inspirada, motivada, encontrando y descubriendo la magia.

Por eso, de ahora en adelante, mi nuevo lema será "Encuentra tu Hogwarts y deja que te invada".