miércoles, 22 de enero de 2020

Un día de enero

Hay temas de los que casi siempre he evitado hablar o he preferido mantenerme al margen, como religión, política o mi cuerpo. Si lo he hecho, siempre ha sido en persona con alguien más, así que hoy será mi primera vez.

Nunca me han gustado mis piernas. En clases de Educación Física, por ejemplo, prefería ponerme buzo y morir de calor antes que mostrarlas. Si alguien me preguntaba, les decía que no había traído mi short o que no tenía tanto calor.

Si iba a la playa o a la piscina, era de esas personas que se envuelven en la toalla apenas salen del agua. "Para secarme más rápido", decía. Y si usaba faldas, tenían que ser las que cubrían hasta el tobillo porque "los diseños son más bonitos".

El problema era la calle, porque mi casa era mi lugar seguro. En verano podía estar con mi pijama de tiritas y short frente a mis papás y hermanas y no había ningún problema. Supongo que confiaba en que ellos no me dirían nada (y nunca lo hicieron, felizmente).

Pero la idea de mostrar mis piernas en el mundo exterior me aterraba. Siempre les encontraba algún defecto: que parecen de Gasparín de lo blancas que son (y broncearlas no era ni es una opción porque no me gusta estar bicolor), que son muy gruesas, que son muy fofas, que no tienen forma. ¿Quién va a querer verlas?

Hasta hace poco pensaba así. Desde hace unos meses voy a clases de baile en las tardes y el pantalón largo, mi buen amigo, me acompañaba. Claro que no había problema en invierno: lo jodido empezó en diciembre con los días cada vez más calurosos.

No importaba que me sofocara ni que se me bajara la presión. No importaba que gente mayor usara shorts sin ninguna preocupación. El problema era yo: pensaba que le haría daño a la gente si mostraba mis piernas, pero no me daba cuenta de que a la única persona a la que le hacía daño era a mí.

Eso pasó un día de enero y me dije que ya no quería ser más esa persona. Tengo shorts, ¿por qué no puedo usarlos? ¿A quién perjudico con mis piernas? ¿Por qué debo pensar en los demás antes que en mí? ¿Dónde queda mi comodidad?

Así que un bonito día de enero decidí ir a las clases en short por primera vez en mi vida y lo amé. Me sentí como solo me había sentido en mi casa hasta ese momento: libre y cómoda (y, como puntos bonus, los pasos me salieron mejor que nunca).

Y sí, ya sé que en la foto no es que muestre mis piernas por completo, pero estoy en un proceso. Poco a poco.


martes, 20 de agosto de 2019

Más misia, pero más feliz

Alguna vez escribí sobre la experiencia de dejar mi último trabajo de oficina para iniciar algo propio y hoy me provocó hacerlo de nuevo. 

Creo que nunca tuve un "mal trabajo" porque todos quedaban cerca a mi casa (o podía llegar relativamente rápido), hice buenos amigos en cada uno, el ambiente era lo suficientemente cómodo, el sueldo no era malo (nunca he sido de despilfarrar dinero, así que estaba conforme con la cantidad que recibía) y en la mayoría me daban beneficios.

Pero hubo un trabajo que sentí que me succionaba la energía y el buen humor cada vez que iba. La primera vez que trabajé ahí fue porque necesitaba créditos para terminar la carrera y porque anteriormente había trabajado para el primo del que ahora sería mi nuevo jefe.

Recuerdo que el primer día le pregunté al cofundador de la agencia cuándo firmaría contrato y su respuesta fue "no te preocupes por eso; igual acá no damos por el momento". Me pareció raro y sentí que esa era la primera señal de advertencia (como no existía un contrato, tampoco habría beneficios), pero me convencí de que sí o sí necesitaba las horas y que solo tendría que aguantar seis meses para obtenerlas.

Pasaron los seis meses y conseguí las horas suficientes para alcanzar todos los créditos necesarios. Y, como a los jefes les gustaba mi forma de trabajar, coordinamos para quedarme trabajando de manera independiente mientras yo trabajaba en una nueva empresa que terminó por aburrirme a los seis meses (oh, sorpresa).

A las pocas semanas, uno de los jefes de la agencia me contactó y me preguntó en qué andaba. "En nada, buscando qué hay por ahí". "Si te interesa, nos gustaría que regresaras con nosotros. Esta vez serías la supervisora de los Community Managers y verías más lo que es comunicación interna y redacción, que es lo que te interesa, si mal no recuerdo". 

Qué bien me lo está vendiendo porque esa oferta suena bastante tentadora, pero esta vez tienes que ser precavida y directa, Alessandra.

"Todo suena bien, pero mi requisito sería que esta vez sí me den contrato". "Claro, no hay problema". Ilusa, acepté. Así que regresé por unos días a la oficina en Aramburú para luego mudarnos a la nueva oficina en Barranco. "Nuevo espacio, nueva gente, nuevos retos", pensé.

Pasaron unas semanas y recuerdo haber preguntado por el contrato una, dos, tres veces. Recuerdo que el dueño de la agencia hasta me habló de la CTS y yo, nuevamente ilusa, le creí. 

Cuando estaban por cumplirse los tres meses de haber regresado a esa agencia, la sensación de sentirme miserable iba aumentando cada día. Sí, ganaba mejor que antes. Sí, conocí a nuevas y buenas personas. Sí, el edificio era mejor. Pero lo que me prometieron no se cumplió. No me enfoqué en comunicación interna. No vi nada de redacción. Y, por supuesto, no hubo contrato.

En ese entonces iba a clases de zumba, que era una de las pocas cosas que me hacía olvidar un día de mierda en la chamba. Amaba las clases porque me divertía y me desestresaba, y odiaba cuando faltaba a una (lo que normalmente ocurría porque al jefe se le antojaba darnos chamba a última hora con carácter de urgencia).

Un día no pude más con el estrés. Salía del trabajo a las 7:00 p.m. para llegar con tranquilidad a las clases a las 8:00 p.m. Pero ese jueves salí de la oficina a las 7:30 p.m., molesta porque sabía que no iba a llegar. Recuerdo manejar con cólera, aguantando las lágrimas. Porque, aunque pueda parecer exagerado y tonto, esta vez sabía que tenía un trabajo que detestaba y me odiaba por haber confiado tanto.

Llegué a mi casa aún afectada y me dirigí a la cocina, creo que para cocinarme algo rápido. Como soy de las personas que se nota de lejos en la cara que algo les pasa y que se aguantan las cosas para no irse al baño a llorar a desahogarse, cuando mi papá se acercó a preguntarme qué me pasaba no pude más y las lágrimas comenzaron a brotar.

Estoy molesta porque odio mi trabajo, pa. Me llena de estrés, no me hace feliz, mis jefes no me dan lo que me prometieron. Pero no puedo dejarlo así nomás porque tengo que pagar mis cosas.

"En primer lugar, respira, hija. Ya estás en casa. En segundo lugar, estrésate por todo, menos por la plata. El dinero puede venir de otras formas y de las personas que te rodean, pero tu salud mental está primero y de ella solo te puedes encargar tú. Recuérdalo siempre".

Me fui a dormir con esa idea. Al día siguiente, sin importarme que no tenía un plan B, renuncié. Y me prometí a mí misma no quedarme nunca más en un trabajo solo por la plata. Al poco tiempo llegó una nueva chamba, mi última en oficina. Buen sueldo, nuevo espacio, nuevo ambiente, nuevos retos, nuevas oportunidades, nuevas funciones (y, por supuesto, con contrato y todos los beneficios).

Pero me visitó un deja vú, solo que esta vez se demoró un poco más en llegar: cumplido el año, ya sentía la misma rutina de siempre, el trabajo monótono, el fastidio de trabajar para alguien más, el vacío laboral/emocional.

Recordé las palabras de mi papá. "A la mierda todo. Es hora de dar un paso al costado y de tener algo propio. Voy a estar más misia, pero estoy segura de que seré más feliz". 

Ha pasado más de un año y medio desde ese día y esa predicción se ha cumplido: podré estar más misia, pero estoy mucho, pero mucho más feliz.


lunes, 19 de agosto de 2019

La vida que pasa

El otro día (pudo haber sido ayer o hace dos meses) caminaba con una amiga mientras nos congelábamos hasta los huesos y conversábamos sobre diversas cosas de la vida.

La larga caminata vino después de haber recorrido varias ferias en Barranco y de sentir que mis rodillas crujían luego de subir unos escalones altos. "La vejez me está llegando", recuerdo que le dije. Luego, en pleno malecón, recuerdo haber conversado con Clau sobre cómo ahora somos más conscientes (al menos nosotras) con las cosas que decimos, cómo las decimos y a quién se las decimos, y cómo solemos agregar cosas a nuestra lista de pendientes como si el dinero nos cayera del cielo. "¿En qué momento crecimos y nuestra vida se convirtió en pagar deudas?", dijo Clau.

Pero no solo eso. Tengo 29 años y no recuerdo el momento en que mi vida se convirtió en guardar recibos y estados de cuenta por si más adelante los necesito o por si quiero tener un historial crediticio. No sé cómo (ni por qué) me acostumbré a guardar mis sentimientos y no soltarlos cuando en ocasiones solo quiero decir "¿te puedes callar?", "no quiero estar aquí", "a la mierda esto". No sé en qué momento me llené de matrimonios, baby showers, velorios y en algún lugar del camino entendí que los cambios y soltar son buenos. Que si alguien ya no forma parte de mi vida está bien. Que deje de hablar seguido con alguien, porque nuestros ritmos de vida son distintos, está bien. Que si decido quedarme en casa en vez de salir con amistades está bien.

¿Cuándo mi piel dejó de estar como potito de bebé (aunque mis manos lo siguen estando, según mi Mamina) y aparecieron las ojeras y las líneas de expresión que no se me van con nada (en realidad, sí se me podrían ir, solo que estoy tan acostumbrada a no usar cremas que sigo sin animarme a adquirir una)?

¿Cuándo me metí el chip de que la imagen lo es todo y que tener contactos te abre muchas puertas, en lugar de las capacidades de una persona? ¿Por qué mandar a la mierda se volvió tan difícil cuando antes no solía serlo?

Qué difícil –pero necesario– se convirtió recibir críticas y tomarlas como constructivas, responsabilizarme de mis propias acciones porque papito ya no vendrá a salvarme siempre (pero me dio las herramientas para hacerlo por mí misma), saber cuándo quitarme esa venda de los ojos porque ahora sé que nadie me la quitará por mí,  

No me falta mucho para cumplir 30 y ese día, especialmente, mientras regresaba a casa, pensé mentalmente en las cosas nuevas que tengo en mi vida, las nuevas costumbres y manías, y que no me había percatado.

Como cuando se te queda un pedazo de perejil en el diente todo el día o como cuando lo que siempre quisiste estuvo frente a ti todo el tiempo y nunca lo supiste.

A veces se nos pasa la vida y nosotros ni cuenta.



miércoles, 13 de marzo de 2019

Guapa

Qué guapa te ves desde que comenzaste a mandar a la mierda a gente que se lo merece, desde que decidiste hacer lo que más te gusta y desde que te perdonaste y aprendiste tu valor y a volar.

Pero también te ves guapa desde que dejaste de esperar algo que, en el fondo, sabías que no iba a pasar y desde que dejaste de hacer cosas por compromiso y comenzaste a decir lo que estaba en tu corazón.

Desde que no dejas que nadie te haga caer (y, si lo hacen, te levantas rápidamente) ni apague tu brillo. Desde que te rodeas de gente que aporta mucho a tu vida y dejaste ir a quienes no aportaban nada.

Qué guapa te ves desde que te pones retos y tú misma ves cómo logras pasar cada obstáculo que se interpone en tu camino.

Desde que luchas por cumplir tus sueños y desde que decidiste darle una nueva oportunidad al amor. Desde que dejaste atrás tus miedos y te arriesgas cada vez que quieres hacerlo.

Qué guapa te ves desde que dejaste de pensar tanto en los demás y te diste cuenta de que primero estás tú.

Pero, sobre todo, qué guapa te ves desde que empezaste a seguir tus propios consejos y desde que te ves al espejo y te ves como nunca antes lo hiciste: guapa, muy guapa.



miércoles, 6 de febrero de 2019

Cosas inolvidables

Hace unas semanas, navegando por Tumblr, encontré una imagen de autor desconocido que resume algunas cosas imposibles de olvidar, como la sonrisa luego de recordar.

Autor desconocido. Ayúdame a encontrarlo.
Sentí cada una de las cosas que él/ella menciona, pero también quise tomarme la libertad de agregar más cosas, así que ahí van:

El alivio luego de superar.
La sonrisa de tus abuelos.
El abrazo de mamá.
Las enseñanzas de papá.
Las risas con los amigos.
Las cagadas de joven.
La primera vez que dices "te quiero".
El primer orgasmo.
La primera vez que te rompieron el corazón.
La vez que tú rompiste un corazón.
La primera vez que tuviste una decepción.
La primera vez que decepcionaste a alguien.
La primera vez que viajaste en avión.
Tu primer amor.
Tu primer trabajo.
La primera mascota que tuviste.
El día en que se fue tu mascota.
El día en que te graduaste.
El día en que superaste tus miedos.

Tú. Yo. Nosotros. Ahora.

martes, 29 de enero de 2019

Un poco tontos

Alguna vez he mencionado que me cuesta decir que no. No encuentro las palabras, no logro inventar una excusa convincente, pienso que voy a hacer sentir mal a la otra persona y, por ende, termino diciendo que sí.

A veces, luego de comprometerme, odio momentáneamente a la otra persona y aprendo la lección; otras veces, igual los odio momentáneamente, pero también digo "ok, no estuvo tan malo. Quizás lo volvería a hacer".

La primera vez que sentí eso fue hace dos años, cuando organicé la despedida de soltera de mi mejor amiga en Cusco. Teníamos pocos días y bajo presupuesto para los tours tradicionales, pero la solución llegó rápido: un paseo a caballo (su animal favorito) por el sitio arqueológico del Templo de la Luna.

Ya que la última vez que me había subido a un caballo (que, en realidad, fue un pony) había sido hace más de 15 años, me invadió el pánico. Tenía cero ganas de subirme, pero sabía que si no lo hacía luego me arrepentiría. "Por favor, que al menos me toque el más tranquilo". Subí con ayuda, me acomodé y al segundo me paralicé. 

¿Cómo funciona esto? ¿Cómo me agarro? ¿Cómo lo guío? ¿Por qué hizo ese sonido? ¿Por qué me subí a esta cosa? ¿Por qué está corriendo? ¿CÓMO LO DETENGO? ¡AYUDAAA!

Al poco tiempo, Ximena se dio cuenta de mi sufrimiento: "Cavag, ¿estás bien?". "Chavez, te quiero, pero cámbiame de caballo ahora porque siento que me muero". El guía también se había dado cuenta, se acercó y, muy campantemente, nos confesó que a mí me había tocado lo que parecía un potro salvaje (un caballo joven al que habían mordido hace poco y por eso andaba inquieto). "Cavag, no te preocupes. Toma mi caballo que es bien tranquilito".

Cambiamos de caballo y volví un poco a la vida, aunque mi cuerpo seguía paralizado. La concha me dolía, un pie me ardía y mis dedos parecían congelados por tanta tensión, pero un rato después comencé a disfrutarlo. Terminó el paseo, abracé a Ximena y le dije "Si alguna vez tenía que volver a subir a un caballo tenía que ser por ti, de todas maneras".

Haciendo tiempo para no subir al caballo.
Desesperada por bajar (extremo izquierdo).
La segunda vez fue el año pasado, cuando mi hermana mayor decidió que sus fotos prematri serían en las Lomas de Lúcumo. "¿Quieren ir?", nos preguntó a la menor y a mí. "Veamos", dije. "En las clases de Educación Física del colegio nunca aprendí a controlar mi respiración y en la subida a Pastoruri (tengo la costumbre de hacer malas comparaciones) sentí que dejaría mi cuerpo a mitad de camino, pero no creo que la subida a esas lomas sea tan malo. Ya, vamos".

A las 11 de la mañana del día siguiente ya estábamos listos para subir a las lomas. "Todo sea porque es ella, porque no volveré a subir a estas cosas y porque las fotos valdrán la pena".

Ah, mira. Esto no está tan mal. Tengo mi termo de agua, zapatillas para escalar y mi hermana y cuñado atrás. Ok, ya me estoy cansando un poquito. No puedo respirar. Cálmate, Alessandra. ¡¿POR QUÉ TODOS SUBEN TAN RÁPIDO?! Cada uno sube a su tiempo; tranquila. PERO ESA SEÑORA ES MUCHO MAYOR QUE YO Y SUBE SIN PROBLEMAS. Pero tú no eres esa señora. Te demorarás un montón, pero lo lograrás. "Ale, ¿cómo vas?" NO ME HABLES, MIERDA. "Bien, pero no puedo hablar porque sino me canso más". Necesito un descanso. Necesito otro. DEJAN DE AVANZAR SIN MÍ, MALDITA SEA. ¡ANDREAAAA!

Después de lo que se sintió una eternidad, con hartas paradas y la botella de agua a punto de terminar, llegamos a la cima y valió la pena, como sabía que lo haría. "Ya subí a un caballo y ya llegué a la cima de unas lomas. ¿Qué me tocará hacer el próximo año?".

Sin oxígeno, pero contenta.
La tercera vez fue hace unas semanas, luego de una parrillada a la que me invitó un pata. "Ale, he tomado mucho. Tú me vas a llevar luego a mi casa manejando mi caña, ¿ya?". "Pero no tengo conmigo mi brevete". "No te preocupes; no va a pasar nada. Toma mis llaves".

Las horas fueron pasando, él siguió tomando y yo me fui desesperando porque en el fondo sabía que, cuando llegara el momento, no iba a poder decir que no. Pero entré en negación y le di las llaves al dueño de la casa: "Por favor, guárdalas tú y, cuando te las pida, dile que no las encuentras para que se vaya en taxi a su casa" (qué ilusa). "Ok, Ale, no te preocupes; no se las daré", me dijo y confié.

Fernando, el dueño de la casa; Alejandro, mi compañero abstemio y Renzo, el terco.

Más horas fueron pasando y ya era momento de la despedida. "¿Tienes mis llaves? ¿Me llevas a mi casa, ¿no?", preguntó. "Las tiene Fer. ¿Por qué no te vas a tu casa en taxi y dejas acá tu camioneta? Tú no puedes manejar así y yo no tengo mis documentos acá". "Ya, no te preocupes: yo manejo, entonces". Mi cara de culo apareció. "¿Qué parte de 'no puedes manejar' no entendiste?". "Sí la hago, Ale. Manejo desde hace muchos años y siempre soy muy cuidadoso", dijo terco como una mula. Le comenté que no tenía sus llaves y fue a preguntarle a Fernando, quien finalmente sucumbió ante la presión.

Carajo, ¿y ahora qué hago? Él no va a querer dejar su camioneta acá y no puedo dejar que maneje solo hasta su casa porque me importa demasiado. Pero nunca he manejado una camioneta y creo que la suya es automática. ¿Y si nos paran en el camino? ¿Y si me suspenden el brevete? ¿Y si choco? CARAJO, ¡¿QUÉ HAGO?!

Después de debatirlo por varios minutos, decidí que lo mejor era acompañarlo hasta su casa como copiloto, porque al menos él sí tenía brevete. Entramos al carro y, cuando me di cuenta de que ni siquiera podía encenderlo y que esa no sería una bonita forma de morir, me armé de valor y le dije con miedo: "Sal de acá; yo manejo". 

Me senté en el asiento del conductor y sentí cómo rápidamente mi cuerpo se iba tensando, como me pasó con el caballo. Me hizo una breve explicación de cómo manejarlo y, cuando me percaté de que el carro era mecánico, pensé "esto no puede ser tan malo".

A ver, mierdecita. Espero que nunca te olvides de esto que voy a hacer por ti. Botón de encendido, luces, cinturón. ¡NO TE DUERMAS! Embrague, primera, avanza. ¡Lo hice! Tiempo estimado según Waze: 25 minutos. Bacán, 25 minutos de siesta para él y 25 minutos de tensión para mí. Debo quererlo demasiado. Ok, ya avanzaste unas cuadras. Puedes hacerlo. Carajo, se apagó el carro. No importa. Hazlo de nuevo. ¡Lo estás haciendo bien! Un patrullero detenido y sí o sí tengo que pasar por su costado. ¡NOOO! Vamos, Ale; peores cosas has hecho (?). Respira, respira. ¡Lo hiciste!

De pronto todo fue más fácil. Llegamos a su casa antes de la hora estimada, la camioneta intacta, él vivo y yo sin ningún castigo. De regreso a mi casa, sentí cómo mi cuerpo volvía a la vida, al mismo tiempo en que él me mandaba un mensaje con un gran "GRACIAS".

Pensé en las cosas que, a pesar del miedo, he hecho por otra persona y en cómo nos transformamos cuando solemos querer mucho a alguien: miedosos, un poco confiados, algo invencibles, pero, sobre todo, un poco (bastante) tontos.


miércoles, 16 de enero de 2019

Las típicas hermanas

Nunca fuimos las típicas hermanas confidentes ni las que compartían todo, salvo algunos juguetes y la ropa (y el cuarto hasta los veintitantos, cómo olvidarlo). No fuimos mejores amigas ni tampoco las que paran todo el día juntas.

Pero, creo, teníamos y tenemos algunas cosas que, aunque son comunes en muchas hermanas, también nos hacen especiales:
  • Terminar la frase de la otra o decir las cosas al mismo tiempo
  • Conocer los gustos de la otra casi sin dudarlo
  • Compartir la ropa (aunque ahora vivamos lejos)
  • Hacer bromas internas sobre nuestros papás
  • Respetar la opinión de la otra aunque no necesariamente estemos de acuerdo
  • Lucir atuendos horribles cuando éramos niñas
Pero, sobre todo, emocionarnos por las cosas que le pasa a la otra.

Yo cuando se graduó del colegio; ella cuando terminé la universidad después de mucho esfuerzo. Yo cuando abrió su negocio; ella, cuando yo abrí el mío unos años después. 

Yo cuando usé 1 de mis 12 uvas como cábala pidiendo que Miguel y ella den el gran paso. Yo cuando se comprometieron al día siguiente. Yo el día de su matri civil cuando quise decirles algo y las palabras no me salían. Yo el día de su matri religioso cuando la vi entrar a la iglesia del brazo de mi papá.

Yo ahora, sin motivo aparente, pero emocionada por todo lo bueno que se te viene, hermanita del alma.